miércoles, 20 de mayo de 2020

EL BUZÓN DE CORREOS DEL PUENTE Y MI ABUELO

Era un día frío del mes de Enero. La Navidad había quedado atrás. Nuestra madre, aprovechando que el día había amanecido despejado, acompañó a nuestro padre a las “Alberquillas, para ayudarle a recoger la aceituna de las “cuatro” olivas que tenían en propiedad. Nos hicieron levantar con las primeras luces del día. Nuestro padre nos cogió de la mano y nos llevó a casa de mis abuelos en “aquelao”.

Taparos la boca, nos dijo, cuando pasábamos por el puente nuevo. ¡Dios, qué frio hacia en aquella parte de la carretera!    

Cuando llegamos, ya estaba encendida la lumbre en la cocina que tenían en el sótano. “Mamamparo”, la única abuela que  teniamos, nos preparó un buen tazón de leche de su cabra, con migas de pan.
Cuando me fui a la escuela, la que había en el primer piso de la casa de Cuadros, la que fue también de D. Ernesto, mi hermana se cogió una buena verraquera porque  quería venir conmigo.

Acabó la jornada escolar de la mañana  y me dirigí a casa de mis abuelos. Estaba a punto de entrar, cuando mi abuelo salía con un sobre en la mano.
 — ¿A dónde vas “Papache”?
— A echar esta carta a correos.
— ¿Me puedo ir contigo?
— Bueno, pero que no te vea tu hermana…ya has visto la que ha liado esta mañana.
— Pero tengo que dejar el libro.
— No, llévatelo, no sea que te vea.
Me cogió de la mano y nos encaminamos al Ayuntamiento que es donde estaba correos. Primero entramos en el estanco a comprar un sello. Por aquel entonces estaba en la primera casa que hay subiendo las escalerillas del río, la que fue de Paco Ortega.



Llegamos al Ayuntamiento y allí estaba, como esperándonos.
— ¡Papache, qué feo es correos!— le dije.

Nos pusimos frente a aquella horrible  cara de aspecto feroz, con una boca grandísima, ojos saltones,  nariz achatada, grandes arrugas en la frente, ceño fruncido, cejas pobladas y una desgreñada cabellera que más bien parecían  cardos borriqueros. En verdad, asustaba a los chiquillos y chiquillas, pero con el tiempo le perdíamos el miedo.
 Miré a mi abuelo  y le pregunté: — ¿Puedo echar la carta?
 Mi abuelo se giró, me miró y, con semblante serio, me preguntó:
 — ¿Tú dices mentiras?
 — No… nunca. Mi madre siempre nos dice, a mi hermana y a mí, que no debemos mentir —.  Le conteste sin entender por qué me hacía aquella pregunta.
 — Cuando echas una carta por esa gran boca, si metes la mano y eres un mentiroso  te la morderá — me dijo con solemnidad.
.

Me dio el sobre que contenía la carta y me levantó con sus forzudos brazos hasta quedar a la altura de aquella horrible bocaza.


Con la mano derecha puse el sobre apoyado en aquel horripilante labio inferior  y, con la izquierda, lo empujé cuidándome de no tocar aquella horrorosa boca. Por supuesto que no me mordió.
                                         
Ya de mayor, documentándome para un viaje que hice a Italia con mi mujer, supe que en Roma, incrustada en el pórtico de la iglesia  de Santa Maria in Cosmedi, hay una enorme y horrenda máscara que, según la leyenda, muerde la mano de todo aquel que miente y osa introducirla en su boca. Cuenta la leyenda, que los monjes que habitaban en la iglesia metían escorpiones. No creo que tuvieran tan mala leche, y solo fuera una maledicencia de la leyenda.

 La llaman: Bocca della Verità. Es uno de los rincones más visitados de la siempre bulliciosa y caótica ciudad sobre todo desde que la gente vio la película de “Vacaciones en Roma”, protagonizada por Gregory Peck y Audrey Hepburn.


En esta cinta el actor gasta una broma Audrey Hepburn haciendo como que pierde la mano al introducirla en la boca, emulando así la leyenda. Los cinéfilos dicen que la escena en la que el apuesto y simpático periodista (Peck) asusta a la encantadora princesa (Hepburn) no estaba en el guion. Fue una improvisación de él y, por lo tanto, el sobresalto fue real.



No creo que mi abuelo conociera aquella  leyenda de la “Bocca della Verità, pero es posible que viera en el cine Mari-Paz, primero de Longino Carrasco y después de su hijo Pedro Carrasco, la romántica película, y él hiciera,  con el buzón de correos, su particular versión,  aquella que me contó aquel día que le acompañé a echar la carta.



 

Nunca lo supe, ni siquiera para quien era aquella carta, pero sí es cierto que  cuantas veces arrojé una carta en aquel buzón de correos, toda una composición alegórica realizada con azulejos, muy posiblemente, procedentes de la Real Fábrica de Cerámica de la Cartuja de Sevilla,  lo hice de la misma forma, y tuve un pensamiento para mi abuelo, “papache”. Se llamaba Juan José. De ahí mi nombre de pila.
 


viernes, 1 de mayo de 2020

MI GENERACIÓN NO TIENE SUERTE

Hoy, en plena pandemia, convivimos cinco generaciones: la generación silenciosa (los nacidos entre los años 1920-1930), los baby boomers (nacidos entre  los  años 1940-1950), la generación  X (nacidos entre los años 1960-1970), los millenials  (nacidos entre los años 1980-1990) y los más jóvenes, los de la generación Z.

En cada momento coexisten varias generaciones en un mismo momento, es decir, que en cada fecha hay grupos de contemporáneos que no son coetáneos. Las generaciones no se suceden en fila india, sino que se entrelazan, se solapan o ensamblan. El francés François Mentré dice que las generaciones son como las tejas  de un tejado, están imbricadas unas a las otras.

Cada generación transmite por la educación un cierto fondo de ideas a la que la sigue inmediatamente, y mientras este acto de educación o de transmisión se verifica, la generación educadora está aún en presencia, sufre todavía la influencia de todos los supervivientes de una generación anterior, que no han cesado de tomar una parte notable en el gobierno de la sociedad, en el movimiento de las ideas y los negocios, y que también han perdido toda autoridad doméstica. La juventud que se inicia en el mundo conserva también, más de lo que su presunción la lleva a creer, la huella de las impresiones de la infancia, causada por la conversación de los viejos” ( Julián Marías 1961)

¿Pero, qué es una generación? Según Ortega y Gasset, una generación puede ser: El conjunto de los que son coetáneos en un círculo de actual convivencia. El concepto de generación, según el filósofo, no implica, pues, primariamente más que estas dos notas: tener la misma edad y tener algún contacto vital.

Y de nuevo surgen otras cuestiones: ¿Qué significa tener la misma edad? ¿Qué significa tener algún contacto vital?

Es un hecho de que  todos los días nacen hombres y mujeres. Es una obviedad  que las personas que  nacen en el mismo día tendrán, en rigor, la misma edad, por tanto, “la generación es un fantasma, un concepto arbitrario que no representa una realidad.



La edad, originariamente y según Ortega, no es una fecha. La edad es, dentro de la trayectoria vital humana, un cierto modo de vivir. Es dentro de nuestra vida total una vida con su comienzo y su término: se empieza a ser joven y se deja de ser joven. La edad, pues, no es una fecha, sino una zona de fechas  y tienen la misma edad, vital e históricamente, no sólo los que nacen en un mismo año, sino los que nacen dentro de una zona de fechas.

Una generación, se podría decir también que es un conjunto de personas que nacen en fechas próximas y crecen en sociedades semejantes y que se comportan de manera parecida, en alguno sentido.

En cada momento, como es sabido, conviven varias generaciones, es decir, hay hombres y mujeres, que siendo contemporáneos, no son coetáneos.

Según la teoría orteguiana las generaciones tienen una duración de 15 años aproximadamente. Representan los pasos de la historia, son los sujetos de la misma zona de fechas.

Todos somos contemporáneos, vivimos en el mismo tiempo,
en el mismo mundo y en la misma sociedad, pero contribuimos a formarlo de modo diferente. Sólo se coincide con los coetáneos. Los contemporáneos no son coetáneos.

Las generaciones nacen unas detrás de otras, de suerte que la nueva se encuentra ya con las formas que la anterior ha dado a la sociedad. Vivir supone para cada generación una obra de dos dimensiones, una consiste en recibir lo vivido—ideas, valores, instituciones, etc.— por la antecedente; la otra, dejar brotar su propia espontaneidad, sus ideas y sus valores intentando imponerlos a la anterior y la siguiente.

Ortega dice que hay épocas cumulativas y épocas eliminatorias y polémicas. Las  generaciones de la épocas cumulativas sintieron una suficiente homogeneidad entre lo que recibieron y lo propio, lo que aportaban. Los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos, se supeditan a ellos: en la política, en la ciencia, en las artes siguen dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos. Por el contrario, las generaciones de épocas eliminatorias y polémicas, como no se trata de conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos, arrinconados, como objetos sin valor alguno.

En estas últimas décadas, a mi modestísimo modo de contemplar el devenir de los acontecimientos, el choque generacional es el más conflictivo de todos los años que llevo vividos, que no son pocos. Son épocas eliminatorias, diría yo.

Las nuevas generaciones, son más atrevidas y más insolentes que sus antecedentes, han surgido con una fuerza extraordinaria, pero sin la capacidad de asimilación del conocimiento necesario y la pertinente preparación practica para estar a la altura de sus predecesores. No basta haber estado toda la vida en política y en la Universidad para llevar a cabo una buena gestión pública. Me parece que el futuro — a los que le queden — será poco halagüeño. No es pesimismo es realismo.



Pertenezco a la generación de lo que aquí en España se ha dado en llamar la generación de los niños de la posguerra. Si dejamos a un lado los españoles y españolas que vivieron la guerra, somos la generación que peor suerte ha corrido.

Está compuesta, por lo general, de personas muy austeras y trabajadoras. Crecimos en la cultura del esfuerzo y el sacrificio. Gran parte de nuestra existencia fue bastante dura. Los de mi generación, hombres y mujeres, no se merecen el comportamiento que están recibiendo. Un porcentaje muy alto, más del 90% de los que han fallecido son de esa generación, entre los que hay también de la anterior. Muchos de estos que nos han dejado, por no decir todos,  se desriñonaron trabajando para mantener a su familia, dar un porvenir a sus hijos y levantar un país que carecía de los alimentos básicos, de buenas carreteras, de medios de movilidad propios y, como no de internet y de teléfonos móviles.  Y he aquí una burla, una ironía cruel y un gran sarcasmo de la vida; ellos que lo dieron todo, ahora se están yendo de manera anónima, en soledad, sin nada, ni siquiera el consuelo y la proximidad de los suyos. Mala suerte. No, no creo que se merezcan esto y mucho menos esos indignos protocolos que seleccionan por edad el derecho a seguir viviendo.

De niños nos golpearon las decisiones de los dirigentes de la Dictadura y de mayores nos golpean las cuestionables decisiones de los actuales dirigentes. Nos  han tocado los peores dirigentes —sean del color que sean — y en el peor momento para avanzar en un territorio ignoto: la nueva pandemia.

Hasta que hizo acto de presencia esta maldita enfermedad, los más mayores —  yo distingo tres grupos: los jóvenes jubilados (65-70 años), los mayores (71-80 años) y los más mayores (de 81 en adelante) — vienen pasando casi desapercibidos, incluso ignorados por gran parte de nuestra sociedad, a pesar de que los mayores tenemos mucho que decir y aportar a esta sociedad nuestra.

 Somos invisibles, como si no existiéramos. Aunque de vez en cuando se vean emotivos gestos, como el que ha tenido la Guardia Civil de Puente de Génave con Francisco Alguacil por su 96 cumpleaños; un puenteño que tenía 12 años cuando estalló aquella incívica guerra.



Para las distintas Administraciones Públicas, no estamos, precisamente, ni en el centro de sus preocupaciones ni de sus presupuestos. Para los partidos políticos solo somos  una papeleta en la urna; después se olvidan de que existimos. Y qué decir de la economía y de la sanidad; para la primera un fastidio y para la segunda un gasto.

Un político de mi generación, Felipe González, sentenció: Quien sólo vale para ser diputado, es probable que tampoco sirva para eso. Yo añadiría: quien solo vale para ser político, es probable que tampoco sirva para eso.

Lo he dicho muchas veces y a todos los que me han querido oir que mi generación no tiene suerte. En la infancia padecimos o fuimos testigos de la escasez y la hambruna de los años de la posguerra, y en la vejez, al pertenecer por edad a uno de los grupos de alto riesgo, padecemos o somos testigos de los mortales ataques del coronavirus. Si todo esto no es tener mala suerte, “que venga Dios y lo diga”, como decía mi abuelo.

viernes, 24 de abril de 2020

EL único “ESPABILAO” de los tres


LA TERTULIA DE LOS SETENTA Y MÁS

Esta tertulia la componemos  un pequeño grupo de amigos y conocidos que sobrepasamos los setenta años  y que, dos veces en semana, nos reunimos  en una cafetería y, mientras saboreamos un  excelente café, charlamos de lo divino y lo humano y, cómo no, criticamos al gobierno de turno.
                     
 La última vez que tertuliamos fue el viernes 11 de marzo. Tres o cuatro días después se decretó el estado de alarma por lo que nos confinamos en casa y hasta la fecha. 

Tenemos la esperanza de volver todos y pronto para  tomarnos un café y seguir con nuestras entretenidas reuniones e inocentes comentarios, si es que aun cabe alguna inocencia en nuestras cansadas mentes.

En esa última tertulia, invitado por Luis Cuevas, nos acompañó Feliciano, quien antes de su jubilación había dirigido una de las más veteranas y prestigiosas escuelas de la ciudad, circunstancia que dio pie a Pedro a interesarse por aspectos vigentes de la normativa de Tráfico que nos afectan a todos y muy especialmente en lo que atañe a la renovación del permiso de conducir. Éste tenía que renovarlo y ya  había sobrepasado los setenta.

Feliciano, consciente de que sobre aquel tema, podía dar sopas con hondas a los allí presentes, se arrellenó en su asiento, dispuesto a ofrecerles una lección magistral.

— El artículo 12 del Reglamento de Conductores — empieza diciendo  — hace referencia a la vigencia del permiso de conducir. Los permisos para camiones y autocares, por decirlo en lenguaje llano, tendrán un periodo de vigencia de cinco años mientras su titular no cumpla los sesenta y cinco y de tres a partir de esa edad. El permiso de la clase B, que supongo es el que tú tienes, se renueva cada diez años hasta que su titular no cumpla los sesenta y cinco años  y a partir de esta edad cada cinco años.

Le interrumpe Julián de las Torres, que siempre cree saber de todo más que los demás:
— Sí, pero yo tengo un vecino que tiene 72 años y se lo han renovado solo para tres años.

— Puede ser porque la normativa española, sigue diciendo Juan con énfasis, obliga  a la obtención previa de un certificado médico en un centro de reconocimiento de conductores autorizado. El periodo de vigencia puede cambiar a criterio del facultativo, en el caso de que en el reconocimiento se descubra que el sujeto padece una enfermedad o trastorno que, si bien en ese momento no afecta a la conducción, pueda agravarse con el tiempo, e influir en la seguridad de esta actividad. Ah, se me olvidaba, a partir de los setenta no hay que pagar las tasas de Tráfico.

— ¿Es igual en toda Europa? —pregunta Luis.

— Más o menos. En Portugal, por ejemplo, la renovación se realiza cada 15 años hasta cumplir 60 años sin que sea necesario un certificado médico. De 60 a 75 años de edad, el permiso se renueva cada 5 años siendo preciso un certificado médico. A partir de 75 años el periodo de vigencia del permiso es de 2 años, precisándose la presentación de un certificado médico para la renovación.

Después de un breve silencio, Pedro vuelve a la carga.

— Ya puestos, ¿te puedo hacer una pregunta más?

— Pero esta te costará el café de todos — le dice Luis medio en broma medio en serio.

—Hecho— contesta Pedro a regañadientes.

— Veamos esa pregunta —le dice Juan entusiasmado.

— Mi nieta, que dicho sea de paso es muy lista, se va  a sacar el carné de conducir y le he advertido de que se tome muy en serio lo del aprendizaje.

— ¿En qué autoescuela se ha matriculado?

— En ninguna.

— ¿Ah…?

— Como las clases se las pago yo, me ha dicho que le está enseñando un vecino, algo mayor que ella y que le cobra solo 8 euros la clase— dice que es muy “espabilao”.

— ¿Y ese vecino pone el coche y la gasolina?

— No. Le da las clases con el mío.

— ¿Y cómo van las clases?

— Van por 650 euros.

— Siento decirte, mi buen amigo Pedro que aquí el único listo y  “espabilao”, de los tres es su amigo y vecino — concluye Juan.

— El amigo de tu nieta, además de “espabilado”  es un caradura y tú un irresponsable por consentirlo—apostilla Luis Cuevas.




miércoles, 15 de abril de 2020

UNA NUEVA SEÑAL PARA REDUCIR LOS ACCIDENTES EN LOS CRUCES



Cuando todos los automóviles circulen intercomunicados, el conductor que circule por una carretera principal sabrá que un coche está a punto de llegar al cruce o está esperando en el mismo para  cruzar o para incorporarse a la vía principal. Mientras llegan esos automóviles intercomunicados, la DGT utilizará una nueva señal que hará una función parecida en lo que ellos llamaran cruces inteligentes.
 Los Cruces Inteligentes, según la DGT, han nacido con el espíritu de incrementar la seguridad de la circulación en intersecciones a nivel de vías convencionales de calzada única y basándose en experiencias reales contrastadas y referencias técnicas internacionales, en el marco del concepto de Sistema Seguro.

Según los datos de accidentalidad de 2018, el 62% de los accidentes con víctimas en vías interurbanas tuvo lugar en carreteras convencionales y el 32% de estos en intersecciones, por lo que es un hecho que estos elementos del trazado requieren un  tratamiento específico.

Se trata por tanto de un sistema pionero en España que no obstante ha sido desplegado internacionalmente y existen referencias de sus bondades en la reducción de la lesividad y mortalidad en las vías en que se aplica.

Según la DGT este nuevo sistema podría reducir  entre un 40 y un 55 % el número de fallecidos  y heridos.

Existen diferentes categorías de Cruces Inteligentes en función de la localización de la señalin (en poste o en báculo) y del lugar donde se informa y donde se detecta la presencia de vehículo (vía principal y vía secundaria).

Parece ser que la más efectiva es la CATEGORÍA 3A: Señales dinámicas en poste en los márgenes de la vía principal y elementos de detección en la vía secundaria. En España se ha optado por esta.



El sistema instala señales activas con sensores de detección de vehículos, tanto en la vía principal como en los ramales, detectando la presencia del vehículo que se aproxima a la vía principal desde la secundaria. Entonces en la vía principal la señal de cruce se ilumina y aparece el texto: VEHÍCULO EN CRUCE. Debajo de la señal triangular de cruce, que está integrada en un panel rectangular con focos led en sus cuatro esquinas que parpadean para llamar la atención del conductor, advirtiéndole que en el ramal hay un vehículo que pretende incorporarse a la vía principal.

(Fuente: DGT)

jueves, 2 de abril de 2020

¿CÓMO OCURRIÓ?



Es bien sabido que, por lo general,  nos consideramos mejores  conductores que el vecino; desde que nos examinamos para el permiso de conducir subjetivamos los resultados de nuestras acciones a los mandos de un automóvil empezando por aquel día  que no aprobamos el examen; me han suspendido, dijimos. Y el día que fuimos brillantes en la prueba y la superamos dijimos: he aprobado. Yo soy el artífice de mi éxito y ellos los culpables de mi fracaso. Es raro que asumamos nuestra culpa de la misma manera que asumimos nuestros éxitos.


En el caso de los incidentes o accidentes de tráfico nos pasa lo mismo; si no a todos si a una gran mayoría.
Es frecuente oír frases como las siguientes: el coche me hizo un extraño;  el coche se me fue en la curva; el coche no me frenó, etc, etc.
Sabemos muy bien que el automóvil es una máquina sumamente “obediente” en sus reacciones si el conductor actúa de la manera correcta. Otra cosa es lo que cuente su conductor para justificar sus posibles errores como artífices de los mismos. Es muy humano.
La revista “The Autocar”, allá por el año 1932 publicó una serie de relatos breves recopilados entre sus lectores de los que se pueden extraer  muchas enseñanzas. De aquellos relatos se hizo eco la revista quincenal, “Córdoba automovilística”.
He aquí algunos de aquellos relatos:
·       Pasaba yo por una curva en forma de “S” en medio de una densa niebla. Una mosca se me metió en el ojo y atropellé un banco de hierro, que estaba al costado del camino.
·       Corría de Belford a Londres, tocando la vocina vigorosamente y haciendo señales con la mano, pero me atropelló uno que venias detrás.
·       El accidente se debió a que el otro conductor estuvo a punto de chocar conmigo.
·       Una vaca se me echó encima del coche. Después supe que era ciega.
·       Una avispa se introdujo dentro de mi auto, y mientras me defendía contra el insecto, caí en una zanja.
·       El hombre avanzaba a una velocidad terrible. Atropelló una carretilla, una motocicleta y por fin mi coche. Fue internado después en un manicomio.
·       Choqué dos veces contra el coche que iba delante, y el conductor me dijo que haría señas la próxima vez que se parara. Cumplió su promesa, pero fue inútil, porque otro coche, que iba detrás, chocó contra el mío.
·       Mi esposa y yo, empujábamos el coche de regreso a casa, pero al llegar a una pendiente se nos escapó. Fue detenido por un poste de los que indican “Peligro”.



·       Tiré una moneda de un penique a un grupo de muchachos, y mientras me daba vuelta para ver si alguno de ellos lo recogía, caí en una zanja.
·       Marchaba por la carretera a una velocidad moderada, y de repente me alcanzó un coche que salía del camino transversal, arrojándome con mi automóvil dentro de una zanja. La culpa era del otro, pero, antes de alejarse, me insultó.
·       Ella me vio súbitamente, perdimos la cabeza y chocamos.
·       Nos encontramos en un cruce de caminos, y mi coche quedó debajo del suyo.

 El ardor que ponen algunos por exculparse da lugar a relatos increíbles. Son muchos los que pierde la objetividad a la hora de describir el accidente o el incidente. Hay otros a los que les cuesta comprender lo que llegó a ocurrir. No hablamos de accidentes graves, sino, más bien, de incidentes.  




sábado, 28 de marzo de 2020

DE UN TAL WENCESLAO



“MI SEGUNDA MANO”                          

“El hombre que compró un automóvil” es el título de una novela de Wenceslao Fernández Flores, un escritor gallego que se afincó y murió en Madrid.

Hoy he vuelto a releer uno de sus capítulos. No sé muy bien por qué, pero en esta ocasión, aunque de forma indirecta, creo que ha sido  por el confinamiento  que,  aunque a mí me parezca una eternidad, solo  hace once días que se decretó y a uno le sobra tiempo para todo, hasta para releer.

Es duro esto del confinamiento, sin embargo lo llevo cumpliendo rigurosamente, como no puede ser de otra  manera, desde el día en que se hizo obligatorio.

Entre los libros que tengo en mis estanterías dedicados al tráfico, su normativa y todo cuanto he podido conseguir relacionado con la formación del conductor hay uno al que le tengo especial estima. Es la novela de Wenceslao Fernández Flores, El hombre que compró un automóvil.

El ejemplar que yo tengo es una novena edición, publicada por Espasa Calpe en 1968. Su autor la escribió en 1932. Sus páginas ya están algo descoloridas por el paso del tiempo. Así lo encontré en un mercadillo.

 Aunque no haya sido un “bestseller”, para mi tiene un gran valor. Cuando la escribió, aquello que se ha dado en llamar la “la civilización del automóvil” estaba en pañales y términos como embotellamiento, atasco, carril de aceleración y tantas otras eran desconocidas. Y no digamos ABS, control de estabilidad, airbag etc., etc.




 Wenceslao Fernández Flores, cuando escribió esta obra, ejerció de profeta. Nos anunció el mundo que se nos venía encima, un mundo poblado de “seres mecánicos que se mezclan en nuestra vida, coexisten con nosotros, nos entorpecen o nos ayudan y hasta nos matan”.

Cada una de las veces que paso la vista por esa estantería y veo esta novela me acuerdo de otro Wenceslao, aunque no sé su éste escribíia su nombre con uve doble. No era escritor, era nuestro vecino de la calle Arroyo.  Revivo la imagen de aquel otro Wenceslao en aquellas calurosas tardes llegando con su burro y su serón cargado de hortalizas del huerto que tenía en la “caña de Peñolite”. Revivo la imagen de su mujer, Felicia y la de su hija, Mari, amiga de mi herma Amparo. Le ayudaban a descargar depositando la provechosa carga en cestas de mimbre. Aquellos tomates, con sabor a tomate, no como los de ahora, aquellas lechugas, pepinos, calabacines o pimientos que aquella misma tarde o a la mañana siguiente ponían a la venta en su misma casa. Revivo a la abuela Dolores, sentada en su silla baja de anea vigilando, cual mayoral eficiente, la apreciada carga que traía su hijo.
¡Como me gustaba la meloja de calabaza que preparaba la abuela!




Revivo, muy especialmente, a sus dos hijos, Julián y Pedro, en aquellos interminables partidos de futbol que “echavamos”, casi a diario, en los improvisados campos de tierra ubicados en lo que hoy  son la Calle Guadalimar, Ramona Serrano y la calle Ensanche. Más tarde utilizamos la explanada que había detrás del ayuntamiento, lo  que hoy es la Plaza de la Constitución. Para que aquellos chiquillos pudiéramos jugar al futbol bastaba una explanada, cuatro piedras para suplir los palos de la portería y, por supuesto,  una pelota, aunque fuera de trapo.

¡Que delicia hubiera sido para nosotros  “echar” un partido en el actual campo de futbol del Puente!

Pero dejemos la nostalgia y vayamos a lo que íbamos, la novela de Wenceslao Fernández Flores, “El hombre que compró un automóvil”. En ella hay un capitulo que titula: Mi segunda mano. Su lectura me hace pensar en la complejidad de la tarea de conducir al principio cuando aún no se tienen automatizadas las acciones.

Así lo cuenta este escritor con su peculiar gracejo gallego:

         
Comencé como tantos automovilistas: compré un «segunda mano».Este “segunda mano” era muy aceptable. Puedo decir en su elogio que, al cabo de los años, llegó a ser un “quinta mano”  bastante robusto todavía.

 Y ha llegado el momento de decir que la función de guiar un coche es la más difícil entre todas cuantas puede proponerse un hombre nervioso. Por mi parte, tengo siempre demasiadas preocupaciones, mi cerebro está fatigado por una vida de constante labor, y si quisiera ponderar el límite que alcanzan mis distracciones, habría de afirmar que llegan tan lejos como mi falta de memoria. No obstante, alcancé el fin de la enseñanza que quisieron darme en una academia para chóferes, y no quedé mal. En los primeros días me era absolutamente imposible obligar a cada mano y a cada pie a que procediesen con independencia, y me conducía como si estuviese haciendo ensayos de malabarismo. Estiraba o encogía a un tiempo todas las extremidades, pisaba alocadamente allá y acullá, lanzaba gritos reclamando el auxilio de mi instructor, o me quería arrojar por la ventanilla. Sin embargo, conseguí dominar  casi todas las dificultades. Es cierto que un día atropellé al mismo tiempo a dos chiquillos que (…)






Un día el director de la academia le dijo:

—Creo que ya está usted en condiciones de someterse a examen para obtener el carnet. Sólo le falta conocer algunos trucos del oficio, pero no están comprendidos en la tarifa. Por cinco pesetas más le daré un buen consejo.
Entregué cinco pesetas.
—Temo que se deje arrebatar usted demasiado por esta tendencia a aplastar criaturas. Siempre que usted atropelle a un chiquillo, diga que fue el chiquillo el que le atropelló a usted. Esta tesis hace tanta falta a un automovilista como los faros.
La anoté en un cuadernito.
— ¿Dispone usted de cinco pesetas más?
—Sí.
—Démelas. Y acuérdese de esto: los automovilistas tienen tres enemigos: los árboles, los ciclistas y el chofer (…)

Y llegó el día del examen.
     
(…) Contesté algunas preguntas, hice ciertas evoluciones, y un caballero joven y bien vestido —un poco infatuado, como casi todos los funcionarios públicos—, ocupó un puesto a mi lado para someterme a la prueba definitiva.
—En marcha.
Puse el coche en marcha.
—Vamos a ver cómo se las arregla entre el tránsito.
Recorrí brillantemente toda la Castellana y emboqué la carretera de Chamartín.
—Dé la vuelta.
Iba un tranvía y venía un camión.
—No tengo sitio —murmuré.
Y seguí corriendo. Quizá la imposibilidad de obedecer inmediatamente aquel mandato o la estirada gravedad de mi examinador, o ambos mo
tivos, alteraron mis nervios, porque la verdad es que ya no pude encontrar sitio bastante para hacer dar la vuelta al coche. Continué tragando kilómetros.
— Por qué no regresa? —indagó él.
—No... no... puedo —silabeé.
Le oí suspirar. Corríamos ya por las afueras.
—Al menos —ordenó--—, pare usted. Pero ya había llegado al máximum del azoramiento. Apenas se me oyó decir:
—No... no... me acuerdo...
Era verdad, juro que era verdad. Si entre ustedes hay un hombre realmente nervioso, creerá mis palabras.

El autor sigue su relato del desarrollo del examen que finaliza una vez que se ha parado el coche por falta de gasolina. El estado de ánimo del examinador lo describe así:

(…)  Mi acompañante se apeó con una prisa temblorosa y echó a correr, al través de los sembrados, hacia Madrid. El sombrero le cayó al saltar una cerca, y no se detuvo a recogerlo.

El personaje de la historia de Fernández Flores sentencia:
Verse con un auto en las manos es un grave motivo de preocupación para cualquier hombre prudente. No puede formarse ni una idea aproximada de la responsabilidad que acepta, hasta que se encuentra uno en medio de la calle, con el artilugio trepidante, repentinamente dueño de la vida de los demás.

El hombre que se examinaba para obtener el carnet  y poder conducir su automóvil de segunda mano llega a sentenciar: 
Verse con un auto en las manos es un grave motivo de preocupación para cualquier hombre prudente. No puede formarse ni una idea aproximada de la responsabilidad que acepta, hasta que se encuentra uno en medio de la calle, con el artilugio trepidante, repentinamente dueño de la vida de los demás.