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domingo, 16 de enero de 2022

UNA CLASE DE CONDUCIR ALGO CARA

 

 

“Padre e hija caen con su coche en un torrente al realizar una clase de conducir”.

(https://www.catalunyapress.es)

 

“Una menor que aprendía a conducir con su padre acaba en un torrente en Palma”

(https://www.cronicabalear.es)

 

“Un coche cae en un torrente del polígono de Son Oms cuando padre e hija realizaban una clase de conducir”

(https://diariobalear.com)

Son titulares de prensa de hace algo más de un mes. De tanto en tanto se vienen dando casos como este.

El coche se precipitó a un torrente cuando el padre  daba  lecciones de conducir a su hija, menor de edad.

Al parecer, en un momento de la clase, la hija confundió el pedal del freno con el del acelerador. Se debió asustar y la presión ejercida e incontrolada sobre el acelerador debió ser tal que provocó que el coche se subiera a la acera, recorriera  unos tres  metros de la misma hasta arrancar una barandilla, rompiera una valla y cayera en el torrente, sumergido el coche en el poco caudal de agua que en esos momentos tenía el torrente.


Según uno de los diarios que han dado la noticia, el lugar donde se ha producido este siniestro es frecuentado por particulares que suelen llevar a cabo prácticas de conducción.

Testigos que se encontraban en el lugar han utilizado la barandilla derribada a modo de escalera para llegar hasta el coche y ayudar al padre y a la hija.

Afortunadamente, nadie caminaba en ese momento por la acera y ninguno de los dos  ocupantes del vehículo resultó herido. De lo cual nos alegramos. Pero hay que  resaltar que el siniestro ha vuelto a poner de actualidad el fenómeno de las clases que algunos padres, allegados o amigos se empeñan en dar al aspirante a conductor. Lo harán con la mejor intención o para ahorrar algunos euros, pero no deben olvidar que comprometen la seguridad vial y que la persona que está al volante comete un delito.

Este acto, por sencillo e ingenuo que parezca, no deja de ser un acto ilícito —conducir sin permiso — contemplado en el Código Penal por lo que se debe  responder ante el Juez.

Este padre de familia, a estas horas, debe estar pensando que la clase de conducir le ha salido un tanto cara que por el riesgo que han corrido, él y su hija. Es lo que suele ocurrir cuando el que hace de profesor no lo es y, además, el coche no está preparado para poder enseñar.

Lo dicho, una lección de conducir un tanto cara.



lunes, 9 de noviembre de 2020

NUESTROS DIFUNTOS

 

El pasado 2 de noviembre fue día de los fieles difuntos y rendimos homenaje a nuestros muertos. Unos desde la cercanía, visitando  sus tumbas. Otros, desde la distancia, teniendo un recuerdo para ellos y quizá una plegaria. Pero unos y otros rindiendo un sentido homenaje a su memoria y a su paso por esta vida. 

Todos tenemos nuestros muertos. Me cuesta creer que, al menos estos días, pueda haber gente que no tenga un breve recuerdo para los suyos.


Para los católicos, esta festividad  tiene su base en la creencia de una vida eterna. Noviembre se convierte en el mes de las ánimas, período propicio para rezar por la de los allegados que se fueron, y reflexionar sobre el dogma cristiano de la resurrección de los muertos. Para los no creyentes, visitar los cementerios y llevar flores a su tumba. Y para el resto, celebrar Halloween, esa absurda fiesta importada que nada tiene que ver con nuestra cultura.


En estas fechas no puedo por menos que  acordarme de dos insignes poetas: uno más próximo en el tiempo, D. Antonio Machado, siglo XX, andaluz y sevillano, y otro, más próximo en el espacio, D. Jorge Manrique, serrano de Segura de la Sierra.

D. Antonio Machado, parafraseando al gran filósofo griego Epicuro, nos dejó dicho: La muerte es algo que no debemos temer, porque, mientras somos,  la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.

“Daba el reloj las doce” es uno de los poemas de Machado. La muerte es el tema principal, y el paso del tiempo, el subordinado.

No habrá un momento de encuentro entre una persona y su muerte, ambos se esquivan como si estuvieran jugando al escondite.

Daba el reloj las doce… y eran doce
golpes de azada en tierra… 
- ¡Mi hora! ...-grité. El silencio
me respondió:-No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla…

El paso del tiempo es uno de los temas de este poema, aunque supeditado al tema principal, el de la muerte. El poeta presiente su proximidad y la conciencia de su llegada es tan estentórea  y clara que provoca que las campanadas del reloj se convierten en redoble funeral.


Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 En cuanto a Jorge Manrique, mi admirado poeta desde que en el bachillerato elemental estudié aquella asignatura llamada “Lengua y Literatura”. Por aquellos años yo creía que era palentino. Mis libros y mis profesores así lo decían, pero gracias a otros insignes serranos, hoy sabemos que es de ese bonito pueblo que es Segura de la Sierra.



Aprendí de memoria algunas estrofas de su poema Coplas a la muerte de su padre. Son versos  para reflexionar sobre la caducidad del tiempo, lo fugaz y fragilidad de la materia, y el recuerdo de su padre muerto. En este memorable poema, Jorge Manrique nos invita a que  el recuerdo de quienes nos quisieron perdure en nosotros. Alguien ha dicho que la memoria de los vivos prolonga la vida de los muertos.

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

La obra plantea la vida como un camino o un río que avanza con el paso inexorable del tiempo. Habla de la existencia mediante la vida, la fama y la eternidad. Son coplas de reflexión muy adecuadas a estos días pasados de difuntos. Habla de lo rápido que pasa todo aquello que consideramos bueno, y que antes de que te des cuenta, has llegado a la vejez, y  ya solo queda esperar la muerte.

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

 

En este prodigio de las letras del siglo XV, nuestro ilustre segureño nos invita a reflexionar, además de lo fugaz de esta vida, sobre una segunda vida. Su madre, como buena cristiana, educó a su hijo  en la creencia de otra después de muerto.

Esa otra vida que vivimos tras la terrenal y de la que nos habla el poeta segureño, consiste en perdurar el recuerdo de aquellos que nos quisieron. Alguien ha dicho que la memoria de los vivos prolonga la vida de los muertos.

En estos días de difuntos, y a pesar de la pandemia, los cementerios han estado concurridos. Las tumbas se han visto adornadas con los colores  y el verdor de las plantas. Las familias han hablado en silencio con sus seres queridos y algunos hasta se  hayan parado ante la tumba de algún vecino o hayan depositado alguna flor ante la lápida de algún nicho con apariencia de abandono, o hayan  hecho un recorrido leyendo epitafios que los hay con mucha enjundia. No son otra cosa que actos con la intención de humanizar la muerte, de acercarnos a los que se fueron, de hacerles saber que los hemos querido y que les reservamos un rinconcito en nuestras vidas.






Por estas fechas, recuerdo además de mis dos poeta favoritos, el toque de ánimas  o de difuntos que tenía lugar en en nuestro pueblo en la noche del 1 al 2 de noviembre. Más de un año,  los monaguillos y otros que no lo eran pasábamos la noche entera tocando a difuntos. Del toque de ánimas como se le llamaba aquel doblar de campanas y de las visitas al camposanto hemos pasado a Halloween. Y poco a poco vamos olvidando nuestra tradición.La noche de los difuntos no es un festival de disfraces, al cual más absurdo. Y tampoco es un maratón de devorar golosinas. Es, sencillamente, una fiesta para honrar a nuestros muertos.

 







viernes, 7 de agosto de 2020

¡AVISO A NAVEGANTES!

 

No  sé muy bien para quien escribo estas líneas, pero  sé muy  bien por qué las escribo.

Porque veo cada día chavales  por la calle sin mascarilla o con ella al codo— mirando la pantalla de su móvil y enganchados a Tik-Tok, esa red social que ya supera en descargas y usuarios a Facebook. También veo chavales cuyo comportamiento es todo lo responsable y solidario que se  les puede pedir.

Alguno de ellos bien  pudiera ser su hijo, su sobrino, su nieto, su primo o su vecino. Por su actitud, la de los que van sin mascarilla,  me parece que van de sobrados por la vida,  que están algo empanados con sus móviles y sus aplicaciones y que fluyen tal cantidad de hormonas de su cerebro, que a éste ya no le llega para entender lo de la mascarilla. No la llevan o la llevan al codo, moda estúpida de la que cada dia se ven más seguidores.

Puede que a todos estos, el virus no les mate, ni siquiera les inoportune, pero debiéramos hacerles entender que, de seguir así, harán que todos tengamos que encerrarnos, de nuevo, en casa y, además, no van a encontrar trabajo en su vida. La salud de los demás les importe poco menos que un bledo.

Supongo que creen que esto del  coronavirus, que por lo visto ha venido para quedarse, no va con ellos y piensan, dada su juventud, que son inmunes al contagio. Le han perdido el respeto al bicho. El mensaje de que la COVID afecta principalmente a los más mayores  ha calado en ellos.

No piensan que su comportamiento es como una llama que se propaga hacia un peligroso polvorín: el contagio a personas de alto riesgo, entre los que pueden estar sus padres, abuelos, tíos y vecinos. Amigo navegante, no solo tú te pones malo, sino que puedes contagiar a la gente que más quieres.

La media de edad de los contagiados en marzo era de 63; la media de edad de las últimas semanas está en 36/38.

Los últimos datos muestran un incremento significativo de los contagios entre jóvenes. El informe del Instituto de Salud Carlos III, del 23 de julio pasado contabiliza 7.730 casos entre personas  de 15 a 29 años desde el 10 de mayo. Esto e significa un 21.7% del total y un 56% más que una semana antes.

Sin ir más lejos y  tal y como  desprende de los datos de la Consejería de Salud Andaluza, mientras que en marzo y abril los positivos que rondaban entre de 15 a 29 años apenas representaban un  3% del total en la comunidad andaluza, pero desde finales de julio y comienzos de agosto se ha multiplicado hasta diez veces más. Así, de los positivos el 2 de agosto, el 40% tenía menos de 30 años. Son datos para preocuparse.



 A muchos jóvenes les pueden más las relaciones sociales que el miedo al virus. Para estos, los amigos son la prioridad número uno. Es normal escuchar el esto no va conmigo o pensar que no les puede ocurrir, que es cosa de mayores.  Pero como den lugar a que la llama de los contagios llegue a prender el polvorín, se saturaran de nuevo los hospitales, nos rondará la muerte, en especial a los que estamos en ese grupo de alto riesgo, se cerraran bares, restaurantes, y muchas empresas y volveremos a otro confinamiento.

Díganle, por favor, a ese que no se la pone,  que si no le da la gana de llevar la mascarilla por  por usted, por las personas que quiere, que por lo menos lo haga por él mismo. Puede que muchos mayores muramos por su comportamiento insolidario, pero él y sus colegas las van a pasar canutas en un futuro no muy lejano.


viernes, 1 de mayo de 2020

MI GENERACIÓN NO TIENE SUERTE

Hoy, en plena pandemia, convivimos cinco generaciones: la generación silenciosa (los nacidos entre los años 1920-1930), los baby boomers (nacidos entre  los  años 1940-1950), la generación  X (nacidos entre los años 1960-1970), los millenials  (nacidos entre los años 1980-1990) y los más jóvenes, los de la generación Z.

En cada momento coexisten varias generaciones en un mismo momento, es decir, que en cada fecha hay grupos de contemporáneos que no son coetáneos. Las generaciones no se suceden en fila india, sino que se entrelazan, se solapan o ensamblan. El francés François Mentré dice que las generaciones son como las tejas  de un tejado, están imbricadas unas a las otras.

Cada generación transmite por la educación un cierto fondo de ideas a la que la sigue inmediatamente, y mientras este acto de educación o de transmisión se verifica, la generación educadora está aún en presencia, sufre todavía la influencia de todos los supervivientes de una generación anterior, que no han cesado de tomar una parte notable en el gobierno de la sociedad, en el movimiento de las ideas y los negocios, y que también han perdido toda autoridad doméstica. La juventud que se inicia en el mundo conserva también, más de lo que su presunción la lleva a creer, la huella de las impresiones de la infancia, causada por la conversación de los viejos” ( Julián Marías 1961)

¿Pero, qué es una generación? Según Ortega y Gasset, una generación puede ser: El conjunto de los que son coetáneos en un círculo de actual convivencia. El concepto de generación, según el filósofo, no implica, pues, primariamente más que estas dos notas: tener la misma edad y tener algún contacto vital.

Y de nuevo surgen otras cuestiones: ¿Qué significa tener la misma edad? ¿Qué significa tener algún contacto vital?

Es un hecho de que  todos los días nacen hombres y mujeres. Es una obviedad  que las personas que  nacen en el mismo día tendrán, en rigor, la misma edad, por tanto, “la generación es un fantasma, un concepto arbitrario que no representa una realidad.



La edad, originariamente y según Ortega, no es una fecha. La edad es, dentro de la trayectoria vital humana, un cierto modo de vivir. Es dentro de nuestra vida total una vida con su comienzo y su término: se empieza a ser joven y se deja de ser joven. La edad, pues, no es una fecha, sino una zona de fechas  y tienen la misma edad, vital e históricamente, no sólo los que nacen en un mismo año, sino los que nacen dentro de una zona de fechas.

Una generación, se podría decir también que es un conjunto de personas que nacen en fechas próximas y crecen en sociedades semejantes y que se comportan de manera parecida, en alguno sentido.

En cada momento, como es sabido, conviven varias generaciones, es decir, hay hombres y mujeres, que siendo contemporáneos, no son coetáneos.

Según la teoría orteguiana las generaciones tienen una duración de 15 años aproximadamente. Representan los pasos de la historia, son los sujetos de la misma zona de fechas.

Todos somos contemporáneos, vivimos en el mismo tiempo,
en el mismo mundo y en la misma sociedad, pero contribuimos a formarlo de modo diferente. Sólo se coincide con los coetáneos. Los contemporáneos no son coetáneos.

Las generaciones nacen unas detrás de otras, de suerte que la nueva se encuentra ya con las formas que la anterior ha dado a la sociedad. Vivir supone para cada generación una obra de dos dimensiones, una consiste en recibir lo vivido—ideas, valores, instituciones, etc.— por la antecedente; la otra, dejar brotar su propia espontaneidad, sus ideas y sus valores intentando imponerlos a la anterior y la siguiente.

Ortega dice que hay épocas cumulativas y épocas eliminatorias y polémicas. Las  generaciones de la épocas cumulativas sintieron una suficiente homogeneidad entre lo que recibieron y lo propio, lo que aportaban. Los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos, se supeditan a ellos: en la política, en la ciencia, en las artes siguen dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos. Por el contrario, las generaciones de épocas eliminatorias y polémicas, como no se trata de conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos, arrinconados, como objetos sin valor alguno.

En estas últimas décadas, a mi modestísimo modo de contemplar el devenir de los acontecimientos, el choque generacional es el más conflictivo de todos los años que llevo vividos, que no son pocos. Son épocas eliminatorias, diría yo.

Las nuevas generaciones, son más atrevidas y más insolentes que sus antecedentes, han surgido con una fuerza extraordinaria, pero sin la capacidad de asimilación del conocimiento necesario y la pertinente preparación practica para estar a la altura de sus predecesores. No basta haber estado toda la vida en política y en la Universidad para llevar a cabo una buena gestión pública. Me parece que el futuro — a los que le queden — será poco halagüeño. No es pesimismo es realismo.



Pertenezco a la generación de lo que aquí en España se ha dado en llamar la generación de los niños de la posguerra. Si dejamos a un lado los españoles y españolas que vivieron la guerra, somos la generación que peor suerte ha corrido.

Está compuesta, por lo general, de personas muy austeras y trabajadoras. Crecimos en la cultura del esfuerzo y el sacrificio. Gran parte de nuestra existencia fue bastante dura. Los de mi generación, hombres y mujeres, no se merecen el comportamiento que están recibiendo. Un porcentaje muy alto, más del 90% de los que han fallecido son de esa generación, entre los que hay también de la anterior. Muchos de estos que nos han dejado, por no decir todos,  se desriñonaron trabajando para mantener a su familia, dar un porvenir a sus hijos y levantar un país que carecía de los alimentos básicos, de buenas carreteras, de medios de movilidad propios y, como no de internet y de teléfonos móviles.  Y he aquí una burla, una ironía cruel y un gran sarcasmo de la vida; ellos que lo dieron todo, ahora se están yendo de manera anónima, en soledad, sin nada, ni siquiera el consuelo y la proximidad de los suyos. Mala suerte. No, no creo que se merezcan esto y mucho menos esos indignos protocolos que seleccionan por edad el derecho a seguir viviendo.

De niños nos golpearon las decisiones de los dirigentes de la Dictadura y de mayores nos golpean las cuestionables decisiones de los actuales dirigentes. Nos  han tocado los peores dirigentes —sean del color que sean — y en el peor momento para avanzar en un territorio ignoto: la nueva pandemia.

Hasta que hizo acto de presencia esta maldita enfermedad, los más mayores —  yo distingo tres grupos: los jóvenes jubilados (65-70 años), los mayores (71-80 años) y los más mayores (de 81 en adelante) — vienen pasando casi desapercibidos, incluso ignorados por gran parte de nuestra sociedad, a pesar de que los mayores tenemos mucho que decir y aportar a esta sociedad nuestra.

 Somos invisibles, como si no existiéramos. Aunque de vez en cuando se vean emotivos gestos, como el que ha tenido la Guardia Civil de Puente de Génave con Francisco Alguacil por su 96 cumpleaños; un puenteño que tenía 12 años cuando estalló aquella incívica guerra.



Para las distintas Administraciones Públicas, no estamos, precisamente, ni en el centro de sus preocupaciones ni de sus presupuestos. Para los partidos políticos solo somos  una papeleta en la urna; después se olvidan de que existimos. Y qué decir de la economía y de la sanidad; para la primera un fastidio y para la segunda un gasto.

Un político de mi generación, Felipe González, sentenció: Quien sólo vale para ser diputado, es probable que tampoco sirva para eso. Yo añadiría: quien solo vale para ser político, es probable que tampoco sirva para eso.

Lo he dicho muchas veces y a todos los que me han querido oir que mi generación no tiene suerte. En la infancia padecimos o fuimos testigos de la escasez y la hambruna de los años de la posguerra, y en la vejez, al pertenecer por edad a uno de los grupos de alto riesgo, padecemos o somos testigos de los mortales ataques del coronavirus. Si todo esto no es tener mala suerte, “que venga Dios y lo diga”, como decía mi abuelo.

jueves, 2 de enero de 2020

FELIZ 2020


Anoche, al finalizar las campanadas, cerramos la última puerta del año que hemos dejado atrás. Otra puerta más de nuestras vidas que queda cerrada.

Despues de comer las uvas y brindar con cava de Almendralejo, despues de besarnos y abrazarnos con nuestros seres queridos presentes y desearnos lo mejor de lo mejor, la salud, volvemos la vista atrás y cada uno de nosotros oteamos como un largo pasillo con una sucesión de puertas a ambos lados; puertas que, por lo inexorable del tiempo, ya no volveremos a traspasar por más que añoremos lo  que hay tras ellas.

Siempre nos han dicho — yo no estoy de acuerdo — que no debemos mirar hacia atrás que siempre hay que seguir y tener fe en  el futuro. Solo son frases hechas que se repiten una y otra vez. Lo cierto y verdad es que nuestra  existencia está conformada por  todos quellos trozos o cachos que hemos ido dejando atrás a lo largo de nuestro recorrido particular por la vida, unos más cortos y otros más largos, unos agradables, otros menos y muchos dolorosos. Cachos y cachitos de nuestra vida a medida que hemos ido cumpliendo años. 

En nuestra persona anida una huella indelebre marcada por la ausencia de algún familiar, por amores que hace tiempo dejaron de serlo y solo están en el recuerdo, por amistades que ya no forman parte de nuestra vida. El acervo popular dice que el tiempo lo cura todo y que ablanda nuestro corazón. Que cuando una puerta se nos cierra, una ventana se nos abre. Que la experiencia nos confiere sabiduría y que esta, a su vez,  nos hace más comprensivos, respetuosos, indulgentes y tolerantes.También hay sus excepciones.

Es bien cierto que estas fechas dan lugar en algunas personas a vivir momentos tristes con los consiguientes bajones en su estado de ánimo, pero como decían nuestros antepasados no hay mal que cien años dure a lo que mi abuelo siempre contestaba: ni cuerpo que lo resista. Llegado el decaimiento, nunca debemos dejar paso a la depresión, hay que engancharse a lo que sea, hemos de encontrar alguna nueva ilusión que nos ofrezca esperanza.

Si, con el tiempo los obstáculos que nos presenta la vida  se convierten en barreras que hemos de salvar debemos escuchar la razón y mantener la mente fría, pero en realidad, casi siempre nos irá mejor si nos guiamos por el sentimiento, si aplicamos nuestra inteligencia emocional.

Parecerá pomposo y suntuoso si  os digo que es importante disfrutar de las pequeñas cosas, porque cuando ya no existan o no podamos disfrutarlas nos daremos cuenta de la grandeza de las mismas, y entonces  nos lamentaremos.
Todo es posible si lo deseamo de corazón. Nada está perdido si somos capaces de superar  los contratiempos. Es bueno rodearse de personas que compartan nuestras alegrías, nuestras tristezas y contratiempos. Serán estas las personas que debieramos elegir como compañeros de viaje. Disminuyan cualquir carga negativa de su mochila. 

Cuídense y que este año 2020, recien estrenado, sea un año de recolectar excelentes cosechas tanto materiales como espirituales.Tener presente que no hay mejor agricultor que uno mismo siempre que sembreis lo mejor de vosotros mismos.
Feliz año 2020, queridos paisanos y paisanas.

lunes, 19 de agosto de 2019

¿ALGUIEN NOS ENGAÑA CON EL DIÉSEL?


Parte del proletariado de finales del XIX y principios del XX utilizaba la bicicleta para sus desplazamientos.

En 1897 Ramón Casas, pintor barcelonés, famoso por sus retratos, caricaturas y pinturas de la aquella minoría social, económica, política e intelectual de Barcelona, pintó un cuadro donde se ve a él y a su amigo Pere Romeu pedaleando en un tándem. El cuadro colgó de una de las paredes  de la cervecería de su amigo Romeu  “Els Quatre  Gats”. Este local se convirtió en el cuartel general de la vanguardia artística de la ciudad Condal. Un muy joven Pablo Picasso realizó su primera exposición en estebar.




Pero llegó el progreso y el tándem de la bicicleta fue sustituido por el de un automóvil con los mismos personajes.

El uso de la bicicleta empezó a decaer con la aparición del automóvil, y pronto llegó su abaratamiento. Poco tiempo después se convirtió en el medio de transporte de la clase trabajadora. A esto ayudó el hecho de que los hijos de los  miembros de los clubes  ciclistas se pasaron al automóvil.  La bicicleta empezaron a considerarla como algo impropio para su estatus social y económico. Adquirió matices políticos. La burguesía urbana decía de ella  que era un vehículo más apropiado  a la clase trabajadora y se empezó a relacionar con el socialismo y el anarquismo. Se convirtió en un una parte consustancial al proletariado de la época.




 Estamos a punto de finalizar la primera década del siglo XXI. Parte del proletariado actual está compuesto por albañiles y fontaneros de furgoneta con escalera en la baca, marchantes de mercadillos y comerciales a comisión con muchas horas en la carretera, autónomos del transporte ligero, gente que tiene en su automóvil una herramienta de trabajo, jornaleros del campo, padres que viven en el extrarradio de las ciudades, jóvenes con contratos basura  que no disponen de un pequeño y precioso ático en la almendra de cualquier ciudad para ir a la oficina tiesos, tensos, rígidos, estirados y erguidos encima de un patinete eléctrico. Este nuevo proletariado o alguien de su familia tiene un automóvil con motorización diesel. Y lo seguirá teniendo mientras pueda porque el tan cacareado coche electro no está a su alcance.

A este proletariado del siglo XXI le es más difícil cada día cambiar de coche. En su día se compró un diesel porque el combustible utilizado era el más asequible a sus menguadas economías y le aseguraban que podría hacer más kilómetros que con uno de gasolina. Pero llegó el escándalo del Dieselgate y  buena parte de los políticos y algunos entes mercantiles, ayudados por algún sector de la prensa han visto la ocasión para lanzar continuas campañas propagandísticas a favor de la movilidad eléctrica y en contra del diesel. Este populismo energético -algunos lo llaman así- ha emergido  con fuerza para declarar la muerte al coche diésel. Y esto afecta a unos cuantos millones de conductores españoles, mayoritariamente proletarios del siglo XXI.

De la noche a la mañana, les han hecho sentirse sucios, antiecológicos y culpables de la contaminación de las grandes ciudades.

En un pispas, como si de un truco de magia se tratara, se les expulsa de los centros urbanos, se les aumenta el precio  del combustible que utilizan y hacen que se desplome el valor de reventa de sus vehículos hasta dejarlos sin cotización alguna. En definitiva, el automóvil con motorización diésel ha pasado de ser el coche que todo el mundo quería tener a ser el apestado de la carretera.

Hoy día, el mensaje que nos llega nos dice  que  lo correcto, lo ecológico, lo progre es sustituir nuestro coche de combustión interna, especialmente si es diesel, por uno eléctrico, porque más pronto que tarde prohibirán su circulación.

Sin embargo hay expertos que se alejan de esta visión, digamos que oficial e interesada, de los coches con motor de combustión interna y nos cuentas cosas interesantes y diferentes. Son los expertos de la Asociación Española de Profesionales de la Automoción (ASEPA). 

Han presentado el estudio “Los motores de combustión contra la crisis climática”. En él se hacen afirmaciones más que interesantes y señalan a las mecánicas actuales de combustión como posible solución al problema global de la contaminación.

Piensen, amigos y amigas, que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Piensen que los motores eléctricos y las baterías no son nuevo. “En Navidad de  1898 apareció en París el primer coche eléctrico, y un mes más tarde ya paseaban más de cien por las calles de la gran ciudad” (Diario de Córdoba, 1900).


Tampoco son limpios y, en general, no están libres de problemas.
Las prohibiciones, motivadas por un diagnóstico deficiente de la situación, no ayudarán en absoluto  ni para mejorar la calidad del aire ni para mitigar el calentamiento global. Al menos es lo que nos dicen estos expertos.

Afirman también que el primer gran problema es que el motor eléctrico no usa una fuente de energía sino un vector energético. Esto es, electricidad, que no existe como fuente y no se puede acumular en grandes cantidades; tiene que generarse cuando se consume.


El segundo gran problema, siguen señalando,  es que no estamos hablando de TICs (Tecnologías de Información y Comunicación), estamos hablando de masa, energía, potencia y el segundo principio de la termodinámica.

A pesar de todo es una evidencia que las fuente oficiales y/o interesadas no nos cuentan los claros y evidente inconvenientes de los coches con motores eléctricos: la contaminación encubierta que producen, un largo reabastecimiento, una menor vida útil del vehículo, un desorbitado precio de materias primas y, según Amnistía Internacional, un claro incumplimiento de los derechos humanos en la extracción de uno de los componentes de sus baterías.

Esta Organización ha llegado a afirmar que la producción de baterías para estos coches lleva consigo un alto nivel de explotación humana y contaminación en los países donde se fabrican.

Las materias primas para su fabricación como son níquel, cobalto, cobre manganeso parece que están alcanzando precios desorbitantes. El aprovisionamiento de cobalto es otro problema. Este mineral se extrae principalmente en la República Democrática del Congo, donde se incumplen los derechos humanos a través del trabajo infantil y falta de seguridad en las minas.

Las nuevas regulaciones  obligan a que los motores de combustión que se comercializan en la actualidad sean los más limpios de la historia. De ahí  que  “Un motor Diésel Euro 6d Temp moderno puede limpiar el aire de partículas y esmog (niebla contaminante) en países muy contaminados o durante episodios graves de contaminación”. Esto es lo que nos dicen algunos expertos,  pero se le da poco divulgación a estudios como este.

La tecnología está disponible y la investigación en curso para permitir que los MCI de próxima generación actúen como  aspiradores de contaminantes en el aire de las grandes ciudades. Esto es algo que, definitivamente, los motores eléctricos con baterías no pueden hacer”.

En mi modestísima opinión alguien  nos miente con esto del diesely  y el coche eléctrico.

Las verdades a medias conforman una gran mentira y, visto lo visto y leído lo que se publica, me pregunto: ¿quién nos engaña? ¿Por qué nos engaña?