domingo, 21 de julio de 2019

CON 65…O MÁS EN LA CARRETERA

Con especial cariño y recuerdo para aquellos y aquellas que,  allá por los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado,  correteábamos por las calles de Puente de Génave…y hasta nos atrevíamos a jugar en medio de la carretera con la seguridad de que en una hora o más no pasaría coche alguno. Muchos, no sé cuántos, de aquellos y aquellas engrosamos ahora algunas de estas cifras   que dan que pensar.  

CIFRAS QUE DAN QUE DAN QUE PENSAR
Cada vez que hay un accidente, y al volante va una persona de 65 años o más, no falta quien aproveche la ocasión para reabrir el debate  respecto a la edad que hay que fijar para dejar de conducir, o si hay que aumentar las restricciones en el permiso en función de la edad. Pues prepárense los que nos quieren apartar de la circulación porque cada año habrá más conductores y conductoras mayores de 65 años circulando por carreteras, autopistas y vías urbanas.


 Según datos esta­dísticos del Padrón Continuo del Instituto Nacional de Estadística a 1/01/2019, publicado el 25/06/2019 en España hay 46.934.632.Los mayores de 65 años representan 19.4% y tienen un permiso o licencia de conducir el 45.69% de ellos.
Por otro lado, los octogenarios españoles siguen aumentando tanto en nú­mero como en proporción y los centenarios empiezan a hacerse notar, ya hay 11.693 empadronados.
Pronostican  que a mediados del siglo XXI, España tendrá 15 millones de personas mayores, de los cuales, tres millones serán mayores de 84 años y muchos de ellos titulares de algún permiso  de conducir.
 ¿Los fabricantes de automóviles también querrán apartarlos de las carreteras o, por el contrario,  invertirán en I+D para dotar a sus automóviles  de ADAS para que la conducción de estos conductores sea más segura y cómoda?
El mayor número de mayores se concentra en municipios urbanos. En Madrid y Barcelona viven más personas mayores que en los 5.872 municipios rurales. Sin embargo la proporción de personas mayores  respecto del total es más acentuada en el mundo rural.
En nuestro pueblo, Puente de Génave, hay 202 hombres y 233 mujeres de 65 o más años sobre un total de 2.179 habitantes. Representan el 19.96%.
El censo de conductores del 2018 en España arrojaba los siguientes datos:
- censo total: 26.853.754;
- hombres, 15.445.667;
- mujeres, 11.408.085.
La brecha entre hombres y mujeres titulares de permisos o licencias de conducir  se explica por el retraso de la incorporación a las autoescuelas de las mujeres nacidas en los cuarenta y cincuenta del siglo pasado. La evolución de los datos pronostican que lo porcentajes podrían invertirse de aquí a pocos años.
El porcentaje de hombres y mujeres de 65 o más años que son titulares de una licencia o de un permiso de conducir es de un 15.49% del total del censo de permisos.

Veamos algunos datos a menor escala. Puente de Génave, en 2018,  tenía 2.179 habitantes, 1.091 hombres y 1.088 mujeres. De estos, 1.279 eran titulares de alguna clase de permiso o licencia de conducir, siendo 758  hombres y 521 mujeres.
En los siguientes gráficos podemos ver la evolución en nuestro pueblo en el periodo que va del 2010 al 2018 del censo de conductores (hombres y mujeres), del parque de turismos (diésel o gasolina), del censo de conductores y del parque de turismos y del censo de la población y del parque de vehículos.





Y en este otro, del 2018, el censo de conductores y conductoras de los municipios de la Sierra de Segura.


Extrapolando a Puente de Génave y al resto de municipios de la Sierra de Segura algunos datos, dicho sea con las reservas oportunas y sin ningún rigor científico, el número de conductores de 65 años o más de edad (conductor arriba, conductor abajo) sería de 198; 145 hombres y 53 mujeres.
La comarca de Sierra de segura arrojaría, según la misma extrapolación, la cifra de 2.057 conductores con 65 o más años de edad, de los cuales 1.514 serían hombres y 543, mujeres.
Los datos aproximados por municipios quedan reflejados en el  siguiente gráfico.

Parece ser que los españoles, y más especialmente las españolas, a partir de los 65 años tienen una esperanza de vida de 20 años aproximadamente por lo que el haberlos cumplido no significa un cambio radical en su estilo de vida y en su movilidad. Los 65 años quedan bastante lejos de ser el umbral del cese de la actividad de la conducción de un vehículo.


Hoy  es frecuente ver a personas de avanzada edad a los mandos de un automóvil. Siguen conduciendo, porque, tras superar las pruebas exigidas, su situación físico-mental así se lo permite. Yo añadiría que también  su situación económica, porque dado el monto de sus ingresos, léase pensiones, y el precio de los combustibles la cosa no está para muchos kilómetros.
En Seguridad Vial, como en la mayoría de ámbitos, la edad no predetermina, a priori y  necesariamente, un estado psicofísico y de hecho, en ocasiones, personas de mayor edad presentan mejores condiciones que otras con edades cronológicas más bajas.

 No cabe la menor duda de que la experiencia es un grado, en todos los sentidos. Pero los conductores y conductoras de 65 o más años de edad debemos ser realistas y tener en cuenta que los tiempos cambian y nuestras condiciones físicas y mentales no son las mismas que antaño. Tampoco las normas de tráfico. Nuestra vista, nuestro oído, nuestros reflejos ya no son como eran y las normas y señales tampoco. Aquel Código de Circulación de 1934 que aprendimos en la autoescuela ya quedó muy arcaico y desfasado. 


El número de automóviles y el de personas de 65 o más años crece año tras año. Como consecuencia de este incremento, el número de accidentes y de fallecidos en las carreteras es mayor en este segmento de la población ya sea como conductores, peatones, usuarios de la bicicleta, etc,.
Afortunadamente parece que hasta la fecha no se inclinan por convertirse en usuarios de patinetes eléctricos, pero todo se andará.
¡Que la seguridad vial nos proteja!








miércoles, 17 de julio de 2019

IMPRUDENTE Y TEMERARIO A LOS 88 AÑOS


Parece mentira, pero es real como la vida misma. El Agente no se lo podía creer, pero él sabe que el radar no miente, ni tampoco el DNI. Nada más y nada menos que 88 primaveras a los mandos de un Seat y a 156 kilómetros por hora.






 Me imagino al Agente mirando y remirando una y otra vez, para asegurarse,  la velocidad detectada por el radar, los datos del permiso de conducir y el rostro de aquel conductor en el que se reflejaban la huellas que deja el paso de los años.

La velocidad, 156 kilómetroa por hora, la fecha de nacimiento, 1921. Eso eran 88 años, ni uno más ni uno menos, y no se lo podía creer.

El Agente, después de respirar hondo, se diría para sus adentros (es lo que yo me diría): otro “fitipaldi” obligando a su particular ángel de la guarda o a San Cristóbal, patrón de los conductores, a que le proteja una vez más. Hasta que uno u otro se cansen y entonces…
No me imagino, sin embargo, qué podría contestar este imprudente conductor a sus  nietos o a sus biznietos, que edad para tenerlos la tiene, si cuando lo vean y  después de darle un cariñoso beso le preguntan: ¿a dónde ibas, abuelo, con tanta prisa cuando te paró la Guardia Civil?

La noticia ha saltado estos días a los periódicos: La Guardia Civil ‘cazó’ en Ourense a un hombre de 88 años a 156 kilómetros por hora.

El conductor, según parece, no solo excedía el límite de velocidad permitido en autovía, sino que también se pasó por el arco de triunfo las restricciones que le habían puesto cuando renovó su permiso de conducir: limitación de velocidad de 90 km/h; prohibido circular por autopista; conducir solo en horas diurnas y en un radio de acción de 20 kilómetros; debía usar lentes correctoras durante la conducción.

Le deseamos una larga vida  a este “fitipaldi”, pero a la vez  esperamos y deseamos que sea su última  imprudencia por su bien, el de su familia y el de todo aquel que llegue a cruzarse con él en la carretera. Esperamos y deseamos que recapacite, se dé cuenta de su comportamiento irresponsable y peligroso y no lo vuelva a repetir.

Lo mejor que puede hacer es desplazarse en el coche de San Fernando, unos rotos a pie y otros andando.

domingo, 7 de julio de 2019

EL CALOR, EL AIRE ACONDICIONADO DEL COCHE Y LA SEGURIDAD VIAL


Llegó el verano y llegó el calor para quedarse una larga temporada. Dicen que los meses de Julio y Agosto serán duros climatológicamente hablando. No lo podemos evitar. Sin embargo sí podemos evitar aquellos accidentes de tráfico cuya causa ha podido ser el estado sicofísico del conductor provocado por una alta temperatura en el interior de nuestro vehículo.

El calor provoca en el conductor fatiga, somnolencia, distracciones, nerviosismo, tensión, irritabilidad y agresividad. Factores de riesgo propiciadores del accidente de tráfico. Combatir el calor es necesario para combatir estos factores de riesgo.  

Los expertos indican que, con una temperatura en el interior del vehículo de unos 35ºC, el conductor reaccionará un 20% más lento que si estuviera a unos 22 o 25ºC. La temperatura elevada tiene un efecto "similar" a conducir con una tasa de alcoholemia próxima a 0,5 gr/l en sangre.

Hemos de convencernos que utilizar el aire acondicionado en el vehículo no es solo una cuestión de confort, es también, y especialmente, una cuestión de seguridad vial. Debido a que el calor puede alterar nuestra capacidad como conductores o conductoras hemos de aplicarnos para evitar los efectos adversos  de las altas temperaturas en el  interior de nuestro coche.

A veces, cuando en estos días de tanto calor aparcamos nuestro coche a pleno sol, hemos de tener en cuenta que si   la temperatura exterior alcanza 36°C, en el interior de un coche con puertas y ventanillas cerradas, puede alcanzar 60°C  en escasos minutos y llegar a superar los 70°C.al cabo de 45 minutos si la temperatura exterior alcanza los 39°C. Algunos menos en coches con carrocerías de color claro.


Ya sabemos de las ventajas del aire acondicionado, pero no olvidemos algunos de sus inconvenientes como puede ser un aumento del consumo de combustible.


He aquí una serie de sugerencias para utilizar el sistema de una forma “ecoeficiente”, consiguiendo una temperatura razonable con un consumo moderado.

- Bajar la temperatura del interior del vehículo antes de poner en marcha el sistema. 
Cuanto más haya que bajar su temperatura interior, más energía se necesitará y, por tanto, más consumo de combustible.
Hemos de saber que la temperatura óptima para una conducción segura debe estar entre 21 y 23 grados centígrados.

Para bajarla sin necesidad de usar mucho combustible es mejor, antes de encender el aire acondicionado, tratar de hacerlo manualmente. Un truco es bajar la ventanilla de la parte trasera opuesta al conductor y abrir y cerrar la puerta del conductor varias veces. Así, la temperatura del vehículo puede llegar a bajar hasta 10º rápidamente. Después será el momento de abrir las ventanillas un poco, y una vez la temperatura se haya estabilizado, llegará el momento de encender el aire acondicionado sin que gaste mucho combustible. Aunque el truco más eficaz es aparcarlo a la sombra.

- El aire, siempre con el coche en marcha.

Encender el aire acondicionado con el coche está parado sirve más bien de poco, pues estos sistemas enfrían mucho más cuando el vehículo está en movimiento, de hecho, cuanto más rápido vaya el motor, más enfriará el aire acondicionado. Cuando el coche está parado, prácticamente solo sirve para gastar combustible

- Circular durante un poco tiempo con las ventanillas ligeramente abiertas.
Así expulsarás más rápido el aire caliente del habitáculo.
- Mantener una temperatura moderada y razonable
Ya hemos dicho que la óptima oscila  entre los 21ºC y los 23ºC. Si la reduces por debajo este intervalo puede suponer un incremento del 30% en el consumo de combustible.
- Ventanillas cerradas. 
Conducir con las ventanillas abiertas  afecta directamente al consumo de combustible. Apenas se nota si vamos a menos de 80 km/h. Cuando superamos los 110 km/h, lo mejor es subir las ventanillas y poner el aire acondicionado, para no reducir la aerodinámica del coche y disparar el consumo de gasolina o gasoil. Esto podría suponer un ahorro de 0,3 litros cada 100 kilómetros.
- Incorrecta orientación de los difusores.

Muchas veces si sentimos calor, bajamos la temperatura por debajo de los 19°C.  La mayoría de las veces no es una cuestión de temperatura, sino de la dirección en la que circula el aire dentro del habitáculo. Para conseguir un reparto adecuado del aire, los difusores deben estar enfocados hacia arriba, no hacia la cara. Así se consigue que el aire se reparta por todo el coche y llegue a todos los pasajeros de forma uniforme.




- Hacer un mantenimiento adecuado del sistema

Por último, pero no menos importante el mantenimiento. Contar con filtros limpios es indispensable para un ahorro adecuado. Es recomendable cambiarlos cada 15.000 o 20.000 kilómetros.

LOS DATOS NEGROS DE JULIO Y AGOSTO DE 2018 SEGÚN LA DGT

ACCIDENTES.
236 fueron los accidentes mortales registrados (116 en julio y 120 en agosto)
VICTIMAS.
Hubo 260 fallecidos (129 en julio y 131 en agosto).
CAUSAS.
- Salida de la vía, el 42%.
- Colisión frontal, el 20%
- Colision lateral o fronto-lateral, el 15%
- Atropello a peatón, el 9%.
VEHÍCULO.
- El 49% de los fallecidos viajaba en coche
- El 20%, en moto
- El 3% , en bicicleta
- El 2% en ciclomotor
- El 9%  eran peatones
VÍA.
- El 76% de las victimas se registraron en carreteras convencionales
- El 24%, en autopistas y autovías.
EDADES
El grupo de edad que más creció en victimas mortales fue el 25 a 35 años que lo hizo en un 18%.
SEGURIDAD
El 23% de los fallecidos en coche no llevaba puesto el cinturón de seguridad.

En fin, paisanos, ahora toca soportar esta ola de calor como mejor podamos  y que la Seguridad Vial nos acompañe allá donde viajemos.



lunes, 27 de mayo de 2019

EN LA ESCUELA “EL CURA”


Cuando entré por primera vez en la escuela del “Cura” me pareció grandísima, comparada con aquella otra, la del tío  Herreros… o puede que fuera el tío  Basilio. No lo recuerdo bien. En aquella otra, la del tio Herreros o el tio Basilio, mi primera escuela, cada uno llevábamos nuestra silla, sin embargo, en esta, la del  “Cura” no había silla alguna, excepto  la del maestro. Había pupitres de dos plazas. A veces, lo ocupábamos tres chiquillos. En aquella escuela había más escolares que asientos en los pupitres. El déficit de asientos en los pupitres  se solucionó con un banco corrido y adecuado a la longitud de pierna de aquellos sufridos “chiquillajos”. El respaldo de aquel banco era la pared sobre la que colgaba aquella temida pizarra negra.
Nuestra querida y a la vez odiada escuela estaba ubicada en la calle Nueva, más tarde calle San Isidro. Se podría decir que era la calle más comercial del pueblo. En ella se ubicaban: la Tienda Nueva de Paco, mejor dicho de la madre de Paco; la pescadería de Pablo, el Sardinero; la zapatería de Secundino; la tienda de Isidro; el taller de Santiaguete; la carpintería de Nito, la carnicería de José, y creo que la tienda del Chervano.
A pocos metros, en dirección a la Iglesia estaba la escuela de niñas de la querida e inolvidable doña Ramona Serrano.



Nuestra escuela, la del cura, estaba en el primer piso de la casa de la tía María. Recuerdo a esta señora como una viejecita pulcra, sexagenaria y viuda. Era menuda, de mirada agridulce dependiendo del día y la hora.  El cabello, que empezaba a pintar canas, lo llevaba recogido hacia atrás en un pequeño moño. Vestía de negro riguroso como correspondía a una viuda. Hablaba sin gesticulación, de manera pausada y con la mirada perdida. Su tono de voz era uniforme, excepto cuando nos reprendía por bajar la escalera corriendo. Siempre vigilaba nuestros movimientos, sobre todo  a la hora de entrada y salida de la jornada escolar.
La estancia de aquella casa donde se ubicaba la escuela tenía tres hermosos balcones con su barandilla de hierro forjado.  Nos  podíamos asomar para ver la calle por los tres, pero siempre a través de los cristales porque sus puertas permanecían siempre cerradas a cal y canto.
Al traspasar la puerta de aquella estancia, a la derecha, la mesa del maestro, siempre llena de cuadernos pendientes de corregir. Sobre la misma: una pluma estilográfica de la marca Motblanc y algunos libros que leíamos por turno en voz alta. No eran los únicos, había otros, de donde nos dictaba don Pedro para después corregir las faltas de ortografía. Para nuestro maestro, una falta de ortografía era como un pecado.
Sobre aquella mesa no faltaba nunca uno o dos paquetes de tabaco del llamado “caldo de gallina". Aunque parecía desordenada, don Pedro encontraba rápidamente lo que buscaba. Era como un orden dentro de un desorden.  A un costado de la mesa estaba la figura de un raquítico Cristo clavado en una pequeña cruz. El resto de la sala estaba llena de viejos pupitres de dos plazas.
Rezar… sí que rezábamos, aunque sólo por la mañana, pero no recuerdo haber cantado nunca “el cara al sol”. Tampoco recuerdo ver los retratos de Franco y José Antonio colgados en las paredes, pero sí recuerdo dos crucifijos, el ya mencionado sobre la mesa  y otro, un poco más grande, colgado en la pared. No podía ser de otra manera siendo aquella una escuela parroquial,  y el cura, su maestro.
La escuela, como todas las de aquella época, contaba con una pizarra de dimensiones considerables, al menos así me lo parecía desde mi óptica infantil. Colgada de la pared. Debajo un banco donde se sentaban los más pequeños que iban llegando por primera vez y ya no había sitio en los pupitres para ellos. Yo, junto a otros puenteños, estuve sentado allí  todo un curso escolar.
Cuando D. Pedro mandaba salir a los “mayores” a resolver algún problema en la pizarra, nosotros ocupábamos sus asientos y después volvíamos a nuestro espacio vital escolar en el banco. El que borraba lo plasmado con tiza en la pizarra esperaba con disimulo a que volviéramos todos a ocupar nuestro incomodo puesto escolar. Una vez sentados y ya manejando nuestro parco y rudimentario material escolar, una pequeña pizarra y un pizarrín para dibujar las vocales y algún que otro dibujo,  el canalla de turno empezaba con gran entusiasmo su tarea: llenar el cepillo de polvo blanco borrando todo lo que en ella se había escrito o dibujado y sacudirlo contra la propia bizarra.

Pasaba una y otra vez el cepillo por aquel encerado. Y una y otra vez lo golpeaba contra el mismo. Aquellos números, letras y signos caían sobre nuestras pequeñas cabezas en forma de  polvo blanco.     ¡Con qué entusiasmo borraban algunos aquella pizarra! Casi todos los días llegábamos a casa con el pelo blanco.
        — ¿Pero dónde te metes, Juan José? Cada día traes el pelo blanco— me decía mi madre.
Yo dejaba mis bártulos escolares encima de la primera silla que encontraba y salía pitando a la calle para reunirme con mis amigos; algunos llevaban el cabello tan blanco como el mio; éramos compañeros de bancada.
        Pero un día, cuando empezaron a caer los primeros números, ya desintegrados, sobre nuestras cabezas, me acordé de lo que me decía mi madre y,  como empujado por un resorte, salté del banco y me quedé de pie mirando desafiante  al que manejaba, en aquel momento, el cepillo de borrar. Los demás me imitaron. El canalla de turno, sorprendido por aquella inesperada reacción, interrumpió su tarea esperando a que el maestro mandara sentarnos, pero no fue así. Don Pedro, que estaba corrigiendo el dictado de aquella mañana, alzó ligeramente la vista, pero siguió a lo suyo como si no se estuviera enterando de lo que ocurría. A mí me pareció ver en su rostro una sonrisa picarona como diciendo para sí: ¡Por fin, estas inocentes criaturas han aprendido por ellas mismas a defenderse de los abusones de turno!
   ¡Antonio, termina de borrar la pizarra de una vez! — dijo don Pedro al cabo de unos segundos con tono autoritario y sin desviar la vista del dictado que estaba corrigiendo.
Siempre he creído que D. Pedro García Bellón, mi maestro y el de tantos otros puenteños de aquellas  generaciones de la posguerra, tenía más vocación de maestro que de sacerdote, aunque primero estudió en el Seminario y se ordenó sacerdote y después estudió magisterio. 
Durante muchos años, varias generaciones de puenteños pasamos por aquella escuela y recibimos algo más que una mera instrucción. La mayoría de ellos han sabido desenvolverse por la vida con aquellas enseñanzas.
Aquel año, mi primer curso de escuela, hizo un invierno muy crudo, lluvioso y frío.  Mirábamos con envidia desde nuestro banco como algunos de los alumnos mayores habían reconvertido unas latas de atún o escabeche en una especie de brasero. Unos la  traían llena de ascuas de sus casas y otros habían pasado por el molino de aceite de la Plaza de la Iglesia y se las habían llenado generosamente de brasas a la vez que le habían llenado de aceite el hoyo de pan que llevaban para el almuerzo.
En el siguiente curso, junto con otro amigo de fatigas de aquel banco, ascendí de nivel y pasé a ocupar uno de aquellos pupitres bipersonales con asientos abatibles y orificio en la parte superior para alojar aquel tintero blanco de porcelana en los que mojábamos la pluma para escribir. Manejar aquellas plumillas era todo un arte. A ambos lados del tintero había unas hendiduras para depositar plumas y  lápices. Tenía una rejilla de madera que era muy adecuada para aislar los pies del aquellas frías baldosas.
Cada mañana, D. Pedro pasaba con la botella de la tinta y echaba una pequeña cantidad en cada tintero; si al finalizar la jornada alguno no  la había consumido  tenía que devolver la restante a la botella. Eran años de escasez y todos aprendíamos a consumir sólo lo imprescindible.
Con el tiempo, la escuela dispuso de una estufa que alimentábamos con nuestras aportaciones. Cada uno llevaba un poco de leña de su casa o jipia que conseguía en el molino de aceite. Los inviernos eran ya más llevaderos. Los que entramos por primera vez con seis años ya empezábamos a curtirnos en toda clase de adversidades. Pero había un inconveniente: a medida que avanzábamos en edad, D. Pedro nos exigía más y más. En aquel recinto, si no rendías a medida de tus capacidades, nadie estaba exento de recibir lo que el maestro consideraba un justo castigo. En aquella escuela nadie podía holgazanear. Era muy exigente con las faltas de ortografía, con las operaciones de aritmética, con los quebrados, la regla de tres, simple y compuesta, la raíz cuadrada y hasta la cúbica, la historia, la geografía — éramos capaces de ubicar cualquier ciudad o accidente geográfico en aquel mapa mudo de España que se desplegaba y se colgaba en la pared. Ejercitábamos la memoria y el razonamiento. Por más que escarbo en mi remembranza no encuentro pista alguna de deberes que nos pusiera para casa.   


Respeto, trabajo, compañerismo y autoridad eran  principios básicos en aquella escuela de mi niñez.
Vestido siempre, como no podía ser de otra manera en aquellos tiempos, con negra sotana. Su sola presencia bastaba para imponer disciplina y recordar cual era el espíritu de aquella escuela. A veces, cuando he ido por el pueblo, he coincidido con algunos paisanos que fuimos a aquella escuela. Hablamos sobre aquella época de nuestra vida y casi con todos he coincidido  en afirmar que no nos ha importado si, a veces, el maestro se excedía en sus castigos. En aquellos años era frecuente escuchar de nuestros mayores decir aquel dicho tan popular: quien bien te quiere, te hará llorar. Alguna que otra lágrima recorrió nuestro infantil rostro. Yo, al menos, la di por bien empleada.




lunes, 29 de abril de 2019

LA PRIMERA MUJER QUE FUE MULTADA POR EXCESO DE VELOCIDAD


Ya lo dijo Einstein: Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Aunque la verdad de la frase no radica en la autoridad que tiene quien la dice, sino en lo fácil que es constatar su veracidad a lo largo de la historia.

Aquella sociedad que tanto se sorprendió y alarmó con los primeros automóviles consideraba  que la mujer no debía conducir un automóvil ni por oficio ni por diversión. Esta actividad, argumentaban, no es propia de una mujer. Es una tarea sólo para hombres. Un perjuicio más  de tantos que tenía aquella sociedad de finales de XIX y principios del XX.

El automovilismo era exclusivo de los hombres, bueno, de algunos hombres, los afortunados económicamente como duques, marqueses y banqueros. El privilegio del uso del automóvil se lo  repartían entre la parte masculina de la nobleza y la parte masculina de la nueva y poderosa burguesía. La mujer no tenía cabida en aquel entorno. No obstante  algunas, en verdad pocas porque el automóvil solo era asequible a las grandes fortunas, fueron abriendo su espacio en el uso del mismo y empezaron a conducir automóviles, y a participar y competir con el hombre en las pruebas automovilísticas que se convocaban.





Las mujeres que intentaron manejar uno de aquellos automóviles de finales del siglo XIX y principios del XX  representaban un movimiento de liberación, un espíritu de modernidad y un total desacuerdo con los valores tradicionales. Hay que decir que la revolución del automóvil viene cuando la mujer empieza a conducir.


Entre aquellas pocas estaba nuestra veloz infractora, la duquesa de Uzés. Enviudó después de  10 años de matrimonio. A partir de entonces  fue una mujer independiente económicamente y socialmente y  dirigió su vida y sus hazañas a su antojo. Murió con 86 años.




Como no la quisieron admitir en aquel círculo cerrado de hombres que era el Automibile Club de France, fundó en 1926, salvando todos los obstáculos, el Automóvil Club de Francia de la Mujer y se convirtió en su presidenta.

Multimillonaria y aristócrata, fue una mujer un tanto peculiar. Practicó, además del automovilismo,  la cinegética, la música, la poesía, la literatura, la pintura y, en especial, la escultura. Llegó a ser la presidenta del Sindicato de Pintoras

En un momento de su larga vida, su activismo político lo volcó hacia la defensa del derecho al sufragio de la mujer. En la primera guerra mundial trabajó como enfermera.

Esta curiosa, activa y peculiar mujer fue la primera, junto con Camille du Gast  que consiguió obtener, allá por el año 1897,  un permiso equivalente a la licencia de conducir y fue también la primera mujer a la que denunciaron y le impusieron una multa por exceso de velocidad.


La prensa se hizo eco de tal suceso: La duquesa de Uzés ante el Juzgado. La inculparon de haber circulado a una velocidad “exagerada” por el bosque de Boloña con riesgo de producir un accidente. Por tal com`portamiento tuvo que comparecer ante el tribunal del juzgado presidido por señor Larroumès, juez de paz del distrito decimosexto de París. La comparencia fue el 17 de julio de 1898 y le fue impuesta una multa de 5 francos.

Aquella infracción estaba prevista en la ordenanza de 14 de agosto de 1893. Era como el Código de la Circulación. En su artículo 6 venia a decir:

La autorización (del automóvil) fijará el máximo de velocidad en Paris y en las afueras de París en función de la eficacia de su sistema de frenado. Este máximo no deberá exceder de 12 kilómetros por hora en Paris y en lugares habitados. Podrá circular a 20 kilometros por hora en campo abierto, pero este máximo no podrá admitirse nada más que en carreteras llanas, largas, con curvas poco pronunciadas y poco frecuentadas.  Estos máximos no podrán rebasarse nunca. Los conductores de vehículos deberán, ellos mismos, en cualquier momento reducir las velocidades de marcha por debajo de los máximos indicados cuando las circunstancias lo pidan.

En verdad, no sé como aquel diligente agente de tráfico, cumpliendo con su deber, consiguió saber que nuestra conductora circulaba a velocidad “exagerada”, es decir superando los 12 kilómetros por hora establecidos.

Quizá realizaba el servicio montado en su bicicleta y, llegado el momento, persiguió al vehículo a motor, lo alcanzo, lo detuvo y denunció a su conductora, o quizá, cuando el automóvil paso a su altura apuntó el numero de su matricula y con posterioridad cumplimento la correspondiente denuncia. Sea como fuere aquella mujer fue la primera conductora a la que sancionaron por exceder los 12 kilómetros por hora. 


miércoles, 17 de abril de 2019

QUE NO TE PILLEN CON EL TIMO DE LA MULTA DEL RADAR


Un correo electrónico, aparentemente oficial, puede dejar tu ordenador a merced de los hackers, por lo que has de tener mucho cuidado con aquellos correos de aviso de multa por radar. Son un timo y una estafa en toda regla.


En el susodicho correo te informan que, o bien a través de un enlace o descargando un archivo puedes ver la foto de tu coche con el que has cometido la infracción y todos los detalles de la sanción: día, hora, lugar y el importe de la misma.


Ojo, si pulsas  en el enlace ya estás perdido. Lo que se descargará será un archivo en tu ordenador que permitirá a los estafadores acceder a tus datos y contraseñas, incluidas las utilizadas para pagar con tarjetas y las de tus cuentas bancarias.

La Guardia Civil ha alertado de que ya hay centenares de conductores que han recibido la multa falsa a su correo electrónico. Por este motivo, recomiendan eliminar el mensaje y denunciar los hechos.


Ten en cuenta que la  DGT nunca notifica las multas por correo electrónico sino que lo hace a través de una carta certificada. Y ante la duda lo mejor que puedes hacer es consultar su sede electrónica.

¡Avisados quedáis!