¿Qué no se le ocurrirá hacer al nieto cuando vea las proezas del abuelo?
sábado, 18 de julio de 2020
domingo, 12 de julio de 2020
PERO USTED TIENE UN MONTÓN DE AÑOS
Era
nuestro primer día de playa, el de mi mujer y el mío. Nos levantamos temprano.
De casa a la playa, no más de diez minutos en coche. Sobre las ocho y media ya lo teníamos aparcado justo enfrente de donde solemos colocar
la sombrilla y las toallas. Antes de pisar la playa, nos desplazamos hasta una
cafetería cercana a tomarnos un café con
churros. Era la primera vez, de este
atípico año, que las visitábamos, la playa y la cafetería. Degustamos un café y unos excelentes churros. Alrededor de las
nueve y media ya teníamos montado el “chiriguinto” , sombrilla, sillas y toallas. No éramos mucha gente. Todos respetando la distancia “social”. A esas horas,
casi todos, gente mayor. Los padres con sus hijos y los abuelos con sus nietos
empiezan a llegar una hora o dos más tarde. Dejan que duerman los niños.
Arena
limpia, la mar tranquila y una refrescante brisa que te acaricia la piel. Todo
a favor para una relajante mañana de playa. Pero, a veces, el destino nos
reserva sorpresas.
Serían
las once y media, y después de una prudente
sesión de sol y un refrescante baño decidimos recoger el “chiringuito”, subir
al coche y regresar a casa.
Ya
sentado delante del volante, introduzco
la llave de contacto en el mecanismo que procede, la giro y…¡oh sorpresa!, el
sistema de arranque no responde; el motor no se da por enterado de que necesito
que arranque para regresar a casa.
Si por sistema se entiende el
conjunto de elementos que relacionados ordenadamente entre sí contribuyen a
alcanzar un determinado objetivo, en este caso sería arrancar el motor del
coche, uno de ellos no quiere
relacionarse con el resto.
En cualquiera de los diferentes sistemas de un
automóvil, sea en el de encendido, en el de transmisión, en el de refrigeración
o en cualquier otro, hay un conjunto de elementos con una función especifica y
que interrelacionados entre sí logran el objetivo propuesto: hacer que salte la
chispa en la bujía en el momento preciso y con la intensidad necesaria, hacer
que arranque el motor, hacer que la fuerza mecánica del mismo se trasmita a las
ruedas motrices, evacuar el calor que produce el mismo y mantenerlo a
temperatura adecuada para su correcto funcionamiento etc., etc.
Cada uno de los
elementos del sistema están considerados como algo más que simples piezas aisladas.
En cada una de esas piezas se nota la influencia de las demás.
Si en los
momentos de planificación y montaje del sistema se puede determinar su
comportamiento con un pequeño margen de error, se dice, entonces, que el
sistema es "deterministico". El motor arrancará cuando yo gire
correctamente la llave de contacto, se
detendrá cada vez que presione con energía el freno. En cambio, cuando nos
encontramos con un sistema que no podemos determinar, sin un elevado margen de
error, las relaciones entre sus elementos y el comportamiento final se
denomina "probabilistico”. Asi ocurre con cualquier sistema de educación
o de formación.
Pero volvamos al contratiempo que nos amargó
nuestro primer dia de playa del año del
coronavirus.
En vista de los sucedido, llamé a mi compañía
del seguro, hablé con el servicio de asistencia, les expliqué lo que pasaba y me
dijeron que me enviaban una grúa.
Mientras tanto,
mi mujer se desplazó a una parada de taxis cercana para regresar a casa, el
coste de la carrera del taxi, seguro que estaría por debajo de los diez euros.
El gruista, un
chico joven con cara de “espabilao”, apareció al cabo de una hora y pico.
— ¿Qué le
ocurre?— me preguntó con aire de autosuficiencia.
— Creo que me
he quedado sin batería — le contesté.
Se queda
mirándome y me dice:
— Pero usted
tiene un montón de años.
— ¿Cómo? No te
entiendo. ¿Qué quieres decir — le
contesté con cara de asombro, aunque él no la viera porque yo llevaba puesta la
consabida mascarilla.
— No…nada que
es muy mayor.
— Muy mayor
para qué. ¿Acaso quieres decir que ya no debiera conducir?
— No, no,… yo
no he querido decir eso.
— ¿Entonces?
Sonó su móvil y
contestó:
— Te llamo
luego, colega.
— Pero ya que
has dicho que tengo un montón de años, ¿cuántos
crees que hay en ese montón? — insistí en el tema sin acritud y sin enfado
alguno.
— Pues no lo
sé— me contestó.
Me pidió las
llaves del coche. Abrió el capó y a continuación entró en el coche, giró la llave
igual que hice yo, salió y me dijo con aires de un gran experto:
—
Efectivamente, es la batería.
Se desplazó
hasta su grúa y trajo un recargador de batería portatil.
— ¿Me lo
sujeta?
— Por supuesto.
Conectó las
pinzas del recargador a los bornes de la batería, se sentó de nuevo en el
coche, giró la llave y el motor arrancó sin problemas.
— Lo que le he
dicho, la batería — me dijo mientras recogía su instrumental.
— Ya. Pero
¿cuántos años crees que hay en ese
montón que has dicho? — insistí en el tema sin acritud y sin enfado alguno.
— Pues no lo
sé, muchos supongo.
— Te lo voy a
decir: tres menos que el cuadrado de nueve.
— ¿Y cuántos
son? — me contestó
— Indaga,
consulta o pregunta por ahí porque aun estás en edad de aprender muchas cosas—
le contesté.
He de reconocer
que me apesadumbré más por lo del montón de años que por el contratiempo de la batería. Aunque
he de decir que el trato del chico "espabilao" o fue correcto y
educado en todo momento.
miércoles, 17 de junio de 2020
LA TAREA DE CONDUCIR, EL DILEMA DEL CIEMPIÉS Y LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL TRÁFICO
(I)
El conductor o conductora pasa en la autoescuela por un aprendizaje
cognitivo y un aprendizaje motor. Con el tiempo acumula kilómetros y automatiza
todas las tareas necesarias para conducir. Llega el momento que lo hace de forma automática, sin pensar. Es entonces
cuando manifiesta que conducir es una actividad simple y sencilla, pero no lo
es. Es una tarea con un grado alto de complejidad.
Durante sus desplazamientos, el conductor ha de ir, constantemente,
haciendo ajustes a la trayectoria que recorre su vehículo. Para ello necesita
captar, identificar e interpretar informaciones, analizarlas y, en base a ello,
prevenir y tomar decisiones para llevarlas a la practica en un conjunto de
acciones ejecutadas correctamente, a la vez que controla los efectos de esas
acciones mediante feed-back, que le sirve para procesar nueva información. Y
así de forma continua y sin solución de continuidad mientras está a los mandos
del vehículo. Conducir es una actividad no difícil pero sí bastante compleja, aunque a
los conductores con cierta experiencia no se lo parezca.
Las tareas básicas de esta actividad se pueden resumir en cuatro: percepción, previsión, decisión y acción.
Unas de carácter cognitivo y otras de carácter motor.
Percepción
El conductor percibe, a través de los sentidos, toda la información que le
proporcionan el entorno (estado de la calzada, señales, fenómenos atmosféricos,
otros vehículos, peatones, etc.), su propio vehículo y su estado psicofísico:
·
Del entorno: el estado
y características de la via, señalización existente, situación y velocidad de los
demás usuarios, condiciones climatológicas existentes en cada momento, etc.).
·
Del vehículo que
conduce: potencia, velocidad, tamaño, capacidad de frenado, etc.
·
De sí mismo:
seguridad en la conducción, cansancio físico o psíquico, etcétera.
Previsión
Una vez procesada toda la información que ha recibido, prevé lo que va a ocurrir,
sus consecuencias y decide lo que ha de hacer (frenar, acelerar, girar el
volante, esperar, poner el intermitente, cambiar de velocidad, etc., etc.). En definitiva, la previsión no
es otra cosa que anticiparse a lo
que va a ocurrir o pudiera ocurrir con las conductas de los demás para facilitar
la correcta utilización de nuestro entorno vial y por encima de todo evitar un accidente
o un incidente previniendo de antemano que podemos dominar la situación.
Acción/ejecución
Es la última fase de la conducta del conductor: ejecutar con precisión lo
que ha decidido. Y lo realiza de manera automática, casi sin pensar qué hacer y
cómo hacerlo.
Desde
que finalizó nuestro aprendizaje en la autoescuela, la tarea la hemos ido
ejecutando de forma cada vez más automática, conforme el control es asumido por
los centros inferiores del cerebro. Y ya nos encontramos ese estadio en el que
la ejecución sobre los mandos del vehículo se
vuelve tan fluida y automática que cualquier conductor o conductora
conduce su vehículo mientras está pensando en otras cosas. Así, al conductor de
automóvil le resulta fácil, tras años de práctica, mantener con soltura una
conversación con un pasajero mientras conduce su coche por la carretera. Lo
hace de manera automática, sin pensar en qué orden ha de ejecutar cada uno de
los movimientos requeridos. Acuérdense de las primeras prácticas en la
autoescuela.
En la fase final, la destreza se ejecuta de forma cada
vez más automática, conforme el control es asumido por los centros inferiores
del cerebro. Este es el estadio en el que la ejecución se vuelve tan fluida y
automática que la persona puede poner en práctica la destreza mientras está
pensando en otras cosas. Así, al conductor de automóvil le resulta fácil, tras
años de práctica, mantener con soltura una conversación con un pasajero
mientras conduce su coche por una carretera sinuosa o por una autopista
haciendo las pertinentes correcciones.
Y
llegado a este punto, me viene a la memoria “el
dilema del ciempiés”. Es un poema corto que le da
nombre a un fenómeno psicológico llamado el efecto ciempiés o el
síndrome del ciempiés.
Un
ciempiés paseaba contento
Hasta
que un sapo burlón
Le
dijo: «Cuéntame, ¿en qué orden mueves las patas?»
Le
llenó de dudas hasta tal punto
Que
cayó exhausto en el camino
Sin
saber cómo correr.
El efecto ciempiés tiene lugar cuando una
actividad que normalmente se realiza de forma automática se interrumpe por ser
consciente de ella o por la reflexión sobre la misma. Por ejemplo, que un
conductor o conductora se concentre demasiado en el orden en que ha de actuar sobre
los mandos de su vehículo puede perjudicar el desempeño de la tarea. Este
efecto también se conoce como la ley
de Humphrey ya que fue planteado por el
psicólogo George Humphrey en 1923. En sus propias palabras: Es una rima psicológica. Contiene una verdad
profunda que aparece cada día en la vida de todos nosotros. El ciempiés de
quedó trabado cuando intentó pensar en el orden en que movía sus pies.
LaS vías públicas son espacios que debemos compartir. Todos los que las
usamos, sea como peatones o conductores, estamos obligados a tener comportamientos
que nos ayuden a circular de manera segura, fácil, cómoda y con fluidez.
Para alcanzar esa seguridad deseable no es suficiente con ser un experto en
el manejo del vehículo, conocer las normas y señales de tráfico y cumplir con
ellas. Es además que nuestros comportamientos
se rijan por los principios fundamentales que rigen la circulación.
Dado que ni en la Ley de Seguridad Vial ni en el Reglamento General de
Circulación existe precepto concreto que exprese cuales son estos principios
hay que decir que aparecen diversificados en su articulado.
Hay normas para los conductores, los ciclistas, los peatones. Todas esas
normas que se aprendieron en la autoescuela están dispersas a lo largo de su
articulado, pero no definen de manera expresa cuales son los principios que
deban regular la circulación, pero ¿cuáles son esos principios? He aquí los
fundamentales:
·
Principio de la
confianza en la normalidad del tráfico.
·
Principio de la
responsabilidad.
·
Principio de la
seguridad o de la defensa.
·
Principio de la
circulación dirigida.
·
Principio de la
integridad corporal.
·
Principio de la señalización.
De no cumplirse estos principios, el tráfico vial no sería ni posible.
* Comentaremos
estos principios en una próxima entrada.
miércoles, 20 de mayo de 2020
EL BUZÓN DE CORREOS DEL PUENTE Y MI ABUELO
Era
un día frío del mes de Enero. La Navidad había quedado atrás. Nuestra madre,
aprovechando que el día había amanecido despejado, acompañó a nuestro padre a
las “Alberquillas, para ayudarle a recoger la aceituna de las “cuatro” olivas
que tenían en propiedad. Nos hicieron levantar con las primeras luces del día.
Nuestro padre nos cogió de la mano y nos llevó a casa de mis abuelos en
“aquelao”.
Taparos
la boca, nos dijo, cuando pasábamos por el puente nuevo. ¡Dios, qué frio hacia
en aquella parte de la carretera!
Cuando
llegamos, ya estaba encendida la lumbre en la cocina que tenían en el sótano. “Mamamparo”,
la única abuela que teniamos, nos
preparó un buen tazón de leche de su cabra, con migas de pan.
Cuando
me fui a la escuela, la que había en el primer piso de la casa de Cuadros, la
que fue también de D. Ernesto, mi hermana se cogió una buena verraquera porque quería venir conmigo.
Acabó
la jornada escolar de la mañana y me
dirigí a casa de mis abuelos. Estaba a punto de entrar, cuando mi abuelo salía
con un sobre en la mano.
— ¿A dónde vas “Papache”?
—
A echar esta carta a correos.
—
¿Me puedo ir contigo?
—
Bueno, pero que no te vea tu hermana…ya has visto la que ha liado esta mañana.
—
Pero tengo que dejar el libro.
—
No, llévatelo, no sea que te vea.
Me cogió de la mano y nos encaminamos al Ayuntamiento que es donde estaba
correos. Primero entramos en el estanco a comprar un sello. Por aquel entonces
estaba en la primera casa que hay subiendo las escalerillas del río, la que fue
de Paco Ortega.
Llegamos
al Ayuntamiento y allí estaba, como esperándonos.
—
¡Papache, qué feo es correos!— le dije.
Nos pusimos frente a
aquella horrible cara de aspecto feroz,
con una boca grandísima, ojos saltones, nariz achatada, grandes arrugas en la frente,
ceño fruncido, cejas pobladas y una desgreñada cabellera que más bien
parecían cardos borriqueros. En verdad,
asustaba a los chiquillos y chiquillas, pero con el tiempo le perdíamos el miedo.
Miré a mi abuelo y le
pregunté: — ¿Puedo echar la carta?
Mi abuelo se
giró, me miró y, con semblante serio, me preguntó:
— ¿Tú dices
mentiras?
— No… nunca.
Mi madre siempre nos dice, a mi hermana y a mí, que no debemos mentir —. Le conteste sin entender por qué me hacía
aquella pregunta.
— Cuando echas una carta por esa gran boca, si metes la mano y eres un
mentiroso te la morderá — me dijo con solemnidad.
.
Me dio el
sobre que contenía la carta y me levantó con sus forzudos brazos hasta quedar a
la altura de aquella horrible bocaza.
Con la mano
derecha puse el sobre apoyado en aquel horripilante labio inferior y, con la izquierda, lo empujé cuidándome de
no tocar aquella horrorosa boca. Por supuesto que no me mordió.
Ya de mayor,
documentándome para un viaje que hice a Italia con mi mujer, supe que en Roma,
incrustada en el pórtico de la iglesia
de Santa Maria in Cosmedi, hay una enorme y horrenda máscara que,
según la leyenda, muerde la mano de todo aquel que miente y osa introducirla en
su boca. Cuenta la leyenda, que los monjes que habitaban
en la iglesia metían escorpiones. No creo que tuvieran tan mala leche, y solo fuera
una maledicencia de la leyenda.
La llaman: Bocca della Verità. Es uno de los
rincones más visitados de la siempre bulliciosa y caótica ciudad sobre todo
desde que la gente vio la película de “Vacaciones en Roma”, protagonizada por Gregory Peck y Audrey Hepburn.
En esta cinta el actor gasta una broma Audrey
Hepburn haciendo como que pierde la mano al introducirla en la boca, emulando
así la leyenda. Los cinéfilos dicen que la escena en la que el apuesto y
simpático periodista (Peck) asusta a la encantadora princesa (Hepburn) no
estaba en el guion. Fue una improvisación de él y, por lo tanto, el sobresalto
fue real.
No creo que mi abuelo conociera aquella leyenda de la “Bocca della Verità, pero es posible que viera en el cine
Mari-Paz, primero de Longino Carrasco y después de su hijo Pedro Carrasco, la
romántica película, y él hiciera, con el
buzón de correos, su particular versión, aquella que me contó aquel día que le acompañé
a echar la carta.
Nunca lo
supe, ni siquiera para quien era aquella carta, pero sí es cierto que cuantas veces arrojé una carta en aquel buzón
de correos, toda una composición alegórica realizada con azulejos, muy
posiblemente, procedentes de la Real Fábrica de Cerámica de la Cartuja de
Sevilla, lo hice de la misma forma, y
tuve un pensamiento para mi abuelo, “papache”. Se llamaba Juan José. De ahí mi
nombre de pila.
viernes, 1 de mayo de 2020
MI GENERACIÓN NO TIENE SUERTE
Hoy, en plena pandemia, convivimos cinco
generaciones: la generación
silenciosa (los nacidos entre los años 1920-1930), los baby boomers
(nacidos entre los años 1940-1950), la generación X (nacidos entre los años 1960-1970), los millenials (nacidos entre los años 1980-1990) y los más
jóvenes, los de la generación Z.
En cada momento coexisten varias generaciones en un mismo momento, es decir, que en cada
fecha hay grupos de contemporáneos que no son coetáneos. Las generaciones no se
suceden en fila india, sino que se entrelazan, se solapan o ensamblan. El
francés François Mentré dice que las generaciones son como las tejas de un tejado, están imbricadas unas a las
otras.
“Cada generación transmite por la educación un cierto fondo de ideas a la
que la sigue inmediatamente, y mientras este acto de educación o de transmisión
se verifica, la generación educadora está aún en presencia, sufre todavía la
influencia de todos los supervivientes de una generación anterior, que no han cesado
de tomar una parte notable en el gobierno de la sociedad, en el movimiento de
las ideas y los negocios, y que también han perdido toda autoridad doméstica.
La juventud que se inicia en el mundo conserva también, más de lo que su presunción
la lleva a creer, la huella de las impresiones de la infancia, causada por la
conversación de los viejos” (
Julián Marías 1961)
¿Pero, qué
es una generación? Según Ortega y Gasset, una generación puede ser: El conjunto de los que son coetáneos en un
círculo de actual convivencia. El
concepto de generación, según el filósofo, no implica, pues, primariamente más que estas dos notas: tener la
misma edad y tener algún contacto vital.
Y de nuevo
surgen otras cuestiones: ¿Qué significa tener la misma edad? ¿Qué significa
tener algún contacto vital?
La edad,
originariamente y según Ortega, no es una fecha. La edad es, dentro de la
trayectoria vital humana, un cierto modo de vivir. Es dentro de nuestra vida
total una vida con su comienzo y su término: se empieza a ser joven y se deja
de ser joven. La edad, pues, no es una fecha, sino una zona de fechas y tienen la
misma edad, vital e históricamente, no sólo los que nacen en un mismo año, sino
los que nacen dentro de una zona de fechas.
Una generación, se podría decir
también que es un conjunto de
personas que nacen en fechas próximas y crecen en sociedades semejantes y que
se comportan de manera parecida, en alguno sentido.
En cada momento, como es sabido,
conviven varias generaciones, es decir, hay hombres y mujeres, que siendo
contemporáneos, no son coetáneos.
Según
la teoría orteguiana las generaciones tienen una duración de 15 años
aproximadamente. Representan los pasos de la historia, son los sujetos de la
misma zona de fechas.
Todos
somos contemporáneos, vivimos en el mismo tiempo,
en
el mismo mundo y en la misma sociedad, pero contribuimos a formarlo de modo
diferente. Sólo se coincide con los coetáneos. Los contemporáneos no son
coetáneos.
Las
generaciones nacen unas detrás de otras, de suerte que la nueva se encuentra ya
con las formas que la anterior ha dado a la sociedad. Vivir supone para cada
generación una obra de dos dimensiones, una consiste en recibir lo
vivido—ideas, valores, instituciones, etc.— por la antecedente; la otra, dejar
brotar su propia espontaneidad, sus ideas y sus valores intentando imponerlos a
la anterior y la siguiente.
Ortega
dice que hay épocas cumulativas y épocas eliminatorias y polémicas. Las
generaciones de la épocas cumulativas sintieron
una suficiente homogeneidad entre lo que recibieron y lo propio, lo que
aportaban. Los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos, se supeditan a
ellos: en la política, en la ciencia, en las artes siguen dirigiendo los
ancianos. Son tiempos de viejos. Por el contrario, las generaciones de épocas eliminatorias y polémicas, como no se trata de
conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos,
arrinconados, como objetos sin valor alguno.
En estas últimas décadas,
a mi modestísimo modo de contemplar el devenir de los acontecimientos, el choque generacional es el más
conflictivo de todos los años que llevo vividos, que no son pocos. Son épocas eliminatorias,
diría yo.
Las nuevas generaciones, son más atrevidas y más insolentes
que sus antecedentes, han surgido con una fuerza extraordinaria, pero sin la
capacidad de asimilación del conocimiento necesario y la pertinente preparación
practica para estar a la altura de sus predecesores. No basta haber estado toda
la vida en política y en la Universidad para llevar a cabo una buena gestión
pública. Me parece que el futuro — a los que le queden — será poco
halagüeño. No es pesimismo es realismo.
Pertenezco a la generación de lo que aquí en España se
ha dado en llamar la generación de los niños de la posguerra. Si dejamos a un
lado los españoles y españolas que vivieron la guerra, somos la generación que
peor suerte ha corrido.
Está compuesta, por
lo general, de personas muy austeras y trabajadoras. Crecimos en la
cultura del esfuerzo y el sacrificio. Gran parte de nuestra existencia fue
bastante dura. Los de mi generación, hombres y mujeres, no se merecen el comportamiento
que están recibiendo. Un porcentaje muy alto, más del 90% de los que han
fallecido son de esa generación, entre los que hay también de la anterior.
Muchos de estos que nos han dejado, por no decir todos, se desriñonaron trabajando para mantener a su
familia, dar un porvenir a sus hijos y levantar un país que carecía de los
alimentos básicos, de buenas carreteras, de medios de movilidad propios y, como
no de internet y de teléfonos móviles. Y
he aquí una burla, una ironía cruel y un gran sarcasmo de la vida; ellos que lo
dieron todo, ahora se están yendo de manera anónima, en soledad, sin nada, ni
siquiera el consuelo y la proximidad de los suyos. Mala suerte. No, no creo que
se merezcan esto y mucho menos esos indignos protocolos que seleccionan por
edad el derecho a seguir viviendo.
De niños nos golpearon las decisiones de los dirigentes
de la Dictadura y de mayores nos golpean las cuestionables decisiones de los
actuales dirigentes. Nos han tocado los
peores dirigentes —sean del color que sean — y en el peor momento para avanzar
en un territorio ignoto: la nueva pandemia.
Hasta que hizo acto de presencia esta maldita enfermedad,
los más mayores — yo distingo tres
grupos: los jóvenes jubilados (65-70 años), los mayores (71-80 años) y los más
mayores (de 81 en adelante) — vienen pasando casi desapercibidos, incluso
ignorados por gran parte de nuestra sociedad, a pesar de que los mayores tenemos mucho que decir
y aportar a esta sociedad nuestra.
Somos invisibles, como si no existiéramos. Aunque
de vez en cuando se vean emotivos gestos, como el que ha tenido la Guardia
Civil de Puente de Génave con Francisco Alguacil por su 96 cumpleaños; un
puenteño que tenía 12 años cuando estalló aquella incívica guerra.
Para las distintas Administraciones Públicas, no
estamos, precisamente, ni en el centro de sus preocupaciones ni de sus presupuestos.
Para los partidos políticos solo somos una
papeleta en la urna; después se olvidan de que existimos. Y qué decir de la
economía y de la sanidad; para la primera un fastidio y para la segunda un
gasto.
Un político de mi generación, Felipe González, sentenció: Quien sólo vale para ser diputado, es
probable que tampoco sirva para eso. Yo añadiría: quien solo vale para ser
político, es probable que tampoco sirva para eso.
Lo he dicho muchas veces y a todos
los que me han querido oir que mi generación no tiene suerte. En la infancia padecimos o fuimos
testigos de la escasez y la hambruna de los años de la posguerra, y en la vejez,
al pertenecer por edad a uno de los grupos de alto riesgo, padecemos o somos
testigos de los mortales ataques del coronavirus. Si todo esto no es tener mala
suerte, “que venga Dios y lo diga”, como decía mi abuelo.
viernes, 24 de abril de 2020
EL único “ESPABILAO” de los tres
LA
TERTULIA DE LOS SETENTA Y MÁS
Esta tertulia la componemos un pequeño grupo de amigos y conocidos que
sobrepasamos los setenta años y que, dos
veces en semana, nos reunimos en una cafetería
y, mientras saboreamos un excelente
café, charlamos de lo divino y lo humano y, cómo no, criticamos al gobierno de
turno.
La
última vez que tertuliamos fue el viernes 11 de marzo. Tres o cuatro días después
se decretó el estado de alarma por lo que nos confinamos en casa y hasta la
fecha.
Tenemos la esperanza de volver todos y pronto para tomarnos un café y seguir con nuestras
entretenidas reuniones e inocentes comentarios, si es que aun cabe alguna
inocencia en nuestras cansadas mentes.
En
esa última tertulia, invitado por Luis Cuevas, nos acompañó Feliciano, quien
antes de su jubilación había dirigido una de las más veteranas y prestigiosas
escuelas de la ciudad, circunstancia que dio pie a Pedro a interesarse por
aspectos vigentes de la normativa de Tráfico que nos afectan a todos y muy
especialmente en lo que atañe a la renovación del permiso de conducir. Éste tenía
que renovarlo y ya había sobrepasado los
setenta.
Feliciano,
consciente de que sobre aquel tema, podía dar sopas con hondas a los allí
presentes, se arrellenó en su asiento, dispuesto a ofrecerles una lección magistral.
—
El artículo 12 del Reglamento de Conductores — empieza diciendo — hace referencia a la vigencia del permiso
de conducir. Los permisos para camiones y autocares, por decirlo en lenguaje
llano, tendrán un periodo de vigencia de cinco años mientras su titular no
cumpla los sesenta y cinco y de tres a partir de esa edad. El permiso de la
clase B, que supongo es el que tú tienes, se renueva cada diez años hasta que
su titular no cumpla los sesenta y cinco años
y a partir de esta edad cada cinco años.
Le
interrumpe Julián de las Torres, que siempre cree saber de todo más que los
demás:
—
Sí, pero yo tengo un vecino que tiene 72 años y se lo han renovado solo para tres
años.
—
Puede ser porque la normativa española, sigue diciendo Juan con énfasis,
obliga a la obtención previa de un
certificado médico en un centro de reconocimiento de conductores autorizado. El
periodo de vigencia puede cambiar a criterio del facultativo, en el caso de que
en el reconocimiento se descubra que el sujeto padece una enfermedad o trastorno
que, si bien en ese momento no afecta a la conducción, pueda agravarse con el
tiempo, e influir en la seguridad de esta actividad. Ah, se me olvidaba, a partir
de los setenta no hay que pagar las tasas de Tráfico.
—
¿Es igual en toda Europa? —pregunta Luis.
—
Más o menos. En Portugal, por ejemplo, la renovación se realiza cada 15 años
hasta cumplir 60 años sin que sea necesario un certificado médico. De 60 a 75
años de edad, el permiso se renueva cada 5 años siendo preciso un certificado
médico. A partir de 75 años el periodo de vigencia del permiso es de 2 años, precisándose
la presentación de un certificado médico para la renovación.
Después
de un breve silencio, Pedro vuelve a la carga.
—
Ya puestos, ¿te puedo hacer una pregunta más?
—
Pero esta te costará el café de todos — le dice Luis medio en broma medio en
serio.
—Hecho—
contesta Pedro a regañadientes.
—
Veamos esa pregunta —le dice Juan entusiasmado.
—
Mi nieta, que dicho sea de paso es muy lista, se va a sacar el carné de conducir y le he
advertido de que se tome muy en serio lo del aprendizaje.
—
¿En qué autoescuela se ha matriculado?
—
En ninguna.
—
¿Ah…?
—
Como las clases se las pago yo, me ha dicho que le está enseñando un vecino,
algo mayor que ella y que le cobra solo 8 euros la clase— dice que es muy
“espabilao”.
— ¿Y ese vecino pone el coche y la gasolina?
— No. Le da las clases con el mío.
— ¿Y cómo van las clases?
— Van por 650 euros.
— Siento decirte, mi buen amigo Pedro que aquí
el único listo y “espabilao”, de los
tres es su amigo y vecino — concluye Juan.
— El amigo de tu nieta, además de “espabilado” es un caradura y tú un irresponsable por consentirlo—apostilla
Luis Cuevas.
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