lunes, 27 de mayo de 2019

EN LA ESCUELA “EL CURA”


Cuando entré por primera vez en la escuela del “Cura” me pareció grandísima, comparada con aquella otra, la del tío  Herreros… o puede que fuera el tío  Basilio. No lo recuerdo bien. En aquella otra, la del tio Herreros o el tio Basilio, mi primera escuela, cada uno llevábamos nuestra silla, sin embargo, en esta, la del  “Cura” no había silla alguna, excepto  la del maestro. Había pupitres de dos plazas. A veces, lo ocupábamos tres chiquillos. En aquella escuela había más escolares que asientos en los pupitres. El déficit de asientos en los pupitres  se solucionó con un banco corrido y adecuado a la longitud de pierna de aquellos sufridos “chiquillajos”. El respaldo de aquel banco era la pared sobre la que colgaba aquella temida pizarra negra.
Nuestra querida y a la vez odiada escuela estaba ubicada en la calle Nueva, más tarde calle San Isidro. Se podría decir que era la calle más comercial del pueblo. En ella se ubicaban: la Tienda Nueva de Paco, mejor dicho de la madre de Paco; la pescadería de Pablo, el Sardinero; la zapatería de Secundino; la tienda de Isidro; el taller de Santiaguete; la carpintería de Nito, la carnicería de José, y creo que la tienda del Chervano.
A pocos metros, en dirección a la Iglesia estaba la escuela de niñas de la querida e inolvidable doña Ramona Serrano.



Nuestra escuela, la del cura, estaba en el primer piso de la casa de la tía María. Recuerdo a esta señora como una viejecita pulcra, sexagenaria y viuda. Era menuda, de mirada agridulce dependiendo del día y la hora.  El cabello, que empezaba a pintar canas, lo llevaba recogido hacia atrás en un pequeño moño. Vestía de negro riguroso como correspondía a una viuda. Hablaba sin gesticulación, de manera pausada y con la mirada perdida. Su tono de voz era uniforme, excepto cuando nos reprendía por bajar la escalera corriendo. Siempre vigilaba nuestros movimientos, sobre todo  a la hora de entrada y salida de la jornada escolar.
La estancia de aquella casa donde se ubicaba la escuela tenía tres hermosos balcones con su barandilla de hierro forjado.  Nos  podíamos asomar para ver la calle por los tres, pero siempre a través de los cristales porque sus puertas permanecían siempre cerradas a cal y canto.
Al traspasar la puerta de aquella estancia, a la derecha, la mesa del maestro, siempre llena de cuadernos pendientes de corregir. Sobre la misma: una pluma estilográfica de la marca Motblanc y algunos libros que leíamos por turno en voz alta. No eran los únicos, había otros, de donde nos dictaba don Pedro para después corregir las faltas de ortografía. Para nuestro maestro, una falta de ortografía era como un pecado.
Sobre aquella mesa no faltaba nunca uno o dos paquetes de tabaco del llamado “caldo de gallina". Aunque parecía desordenada, don Pedro encontraba rápidamente lo que buscaba. Era como un orden dentro de un desorden.  A un costado de la mesa estaba la figura de un raquítico Cristo clavado en una pequeña cruz. El resto de la sala estaba llena de viejos pupitres de dos plazas.
Rezar… sí que rezábamos, aunque sólo por la mañana, pero no recuerdo haber cantado nunca “el cara al sol”. Tampoco recuerdo ver los retratos de Franco y José Antonio colgados en las paredes, pero sí recuerdo dos crucifijos, el ya mencionado sobre la mesa  y otro, un poco más grande, colgado en la pared. No podía ser de otra manera siendo aquella una escuela parroquial,  y el cura, su maestro.
La escuela, como todas las de aquella época, contaba con una pizarra de dimensiones considerables, al menos así me lo parecía desde mi óptica infantil. Colgada de la pared. Debajo un banco donde se sentaban los más pequeños que iban llegando por primera vez y ya no había sitio en los pupitres para ellos. Yo, junto a otros puenteños, estuve sentado allí  todo un curso escolar.
Cuando D. Pedro mandaba salir a los “mayores” a resolver algún problema en la pizarra, nosotros ocupábamos sus asientos y después volvíamos a nuestro espacio vital escolar en el banco. El que borraba lo plasmado con tiza en la pizarra esperaba con disimulo a que volviéramos todos a ocupar nuestro incomodo puesto escolar. Una vez sentados y ya manejando nuestro parco y rudimentario material escolar, una pequeña pizarra y un pizarrín para dibujar las vocales y algún que otro dibujo,  el canalla de turno empezaba con gran entusiasmo su tarea: llenar el cepillo de polvo blanco borrando todo lo que en ella se había escrito o dibujado y sacudirlo contra la propia bizarra.

Pasaba una y otra vez el cepillo por aquel encerado. Y una y otra vez lo golpeaba contra el mismo. Aquellos números, letras y signos caían sobre nuestras pequeñas cabezas en forma de  polvo blanco.     ¡Con qué entusiasmo borraban algunos aquella pizarra! Casi todos los días llegábamos a casa con el pelo blanco.
        — ¿Pero dónde te metes, Juan José? Cada día traes el pelo blanco— me decía mi madre.
Yo dejaba mis bártulos escolares encima de la primera silla que encontraba y salía pitando a la calle para reunirme con mis amigos; algunos llevaban el cabello tan blanco como el mio; éramos compañeros de bancada.
        Pero un día, cuando empezaron a caer los primeros números, ya desintegrados, sobre nuestras cabezas, me acordé de lo que me decía mi madre y,  como empujado por un resorte, salté del banco y me quedé de pie mirando desafiante  al que manejaba, en aquel momento, el cepillo de borrar. Los demás me imitaron. El canalla de turno, sorprendido por aquella inesperada reacción, interrumpió su tarea esperando a que el maestro mandara sentarnos, pero no fue así. Don Pedro, que estaba corrigiendo el dictado de aquella mañana, alzó ligeramente la vista, pero siguió a lo suyo como si no se estuviera enterando de lo que ocurría. A mí me pareció ver en su rostro una sonrisa picarona como diciendo para sí: ¡Por fin, estas inocentes criaturas han aprendido por ellas mismas a defenderse de los abusones de turno!
   ¡Antonio, termina de borrar la pizarra de una vez! — dijo don Pedro al cabo de unos segundos con tono autoritario y sin desviar la vista del dictado que estaba corrigiendo.
Siempre he creído que D. Pedro García Bellón, mi maestro y el de tantos otros puenteños de aquellas  generaciones de la posguerra, tenía más vocación de maestro que de sacerdote, aunque primero estudió en el Seminario y se ordenó sacerdote y después estudió magisterio. 
Durante muchos años, varias generaciones de puenteños pasamos por aquella escuela y recibimos algo más que una mera instrucción. La mayoría de ellos han sabido desenvolverse por la vida con aquellas enseñanzas.
Aquel año, mi primer curso de escuela, hizo un invierno muy crudo, lluvioso y frío.  Mirábamos con envidia desde nuestro banco como algunos de los alumnos mayores habían reconvertido unas latas de atún o escabeche en una especie de brasero. Unos la  traían llena de ascuas de sus casas y otros habían pasado por el molino de aceite de la Plaza de la Iglesia y se las habían llenado generosamente de brasas a la vez que le habían llenado de aceite el hoyo de pan que llevaban para el almuerzo.
En el siguiente curso, junto con otro amigo de fatigas de aquel banco, ascendí de nivel y pasé a ocupar uno de aquellos pupitres bipersonales con asientos abatibles y orificio en la parte superior para alojar aquel tintero blanco de porcelana en los que mojábamos la pluma para escribir. Manejar aquellas plumillas era todo un arte. A ambos lados del tintero había unas hendiduras para depositar plumas y  lápices. Tenía una rejilla de madera que era muy adecuada para aislar los pies del aquellas frías baldosas.
Cada mañana, D. Pedro pasaba con la botella de la tinta y echaba una pequeña cantidad en cada tintero; si al finalizar la jornada alguno no  la había consumido  tenía que devolver la restante a la botella. Eran años de escasez y todos aprendíamos a consumir sólo lo imprescindible.
Con el tiempo, la escuela dispuso de una estufa que alimentábamos con nuestras aportaciones. Cada uno llevaba un poco de leña de su casa o jipia que conseguía en el molino de aceite. Los inviernos eran ya más llevaderos. Los que entramos por primera vez con seis años ya empezábamos a curtirnos en toda clase de adversidades. Pero había un inconveniente: a medida que avanzábamos en edad, D. Pedro nos exigía más y más. En aquel recinto, si no rendías a medida de tus capacidades, nadie estaba exento de recibir lo que el maestro consideraba un justo castigo. En aquella escuela nadie podía holgazanear. Era muy exigente con las faltas de ortografía, con las operaciones de aritmética, con los quebrados, la regla de tres, simple y compuesta, la raíz cuadrada y hasta la cúbica, la historia, la geografía — éramos capaces de ubicar cualquier ciudad o accidente geográfico en aquel mapa mudo de España que se desplegaba y se colgaba en la pared. Ejercitábamos la memoria y el razonamiento. Por más que escarbo en mi remembranza no encuentro pista alguna de deberes que nos pusiera para casa.   


Respeto, trabajo, compañerismo y autoridad eran  principios básicos en aquella escuela de mi niñez.
Vestido siempre, como no podía ser de otra manera en aquellos tiempos, con negra sotana. Su sola presencia bastaba para imponer disciplina y recordar cual era el espíritu de aquella escuela. A veces, cuando he ido por el pueblo, he coincidido con algunos paisanos que fuimos a aquella escuela. Hablamos sobre aquella época de nuestra vida y casi con todos he coincidido  en afirmar que no nos ha importado si, a veces, el maestro se excedía en sus castigos. En aquellos años era frecuente escuchar de nuestros mayores decir aquel dicho tan popular: quien bien te quiere, te hará llorar. Alguna que otra lágrima recorrió nuestro infantil rostro. Yo, al menos, la di por bien empleada.




lunes, 29 de abril de 2019

LA PRIMERA MUJER QUE FUE MULTADA POR EXCESO DE VELOCIDAD


Ya lo dijo Einstein: Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Aunque la verdad de la frase no radica en la autoridad que tiene quien la dice, sino en lo fácil que es constatar su veracidad a lo largo de la historia.

Aquella sociedad que tanto se sorprendió y alarmó con los primeros automóviles consideraba  que la mujer no debía conducir un automóvil ni por oficio ni por diversión. Esta actividad, argumentaban, no es propia de una mujer. Es una tarea sólo para hombres. Un perjuicio más  de tantos que tenía aquella sociedad de finales de XIX y principios del XX.

El automovilismo era exclusivo de los hombres, bueno, de algunos hombres, los afortunados económicamente como duques, marqueses y banqueros. El privilegio del uso del automóvil se lo  repartían entre la parte masculina de la nobleza y la parte masculina de la nueva y poderosa burguesía. La mujer no tenía cabida en aquel entorno. No obstante  algunas, en verdad pocas porque el automóvil solo era asequible a las grandes fortunas, fueron abriendo su espacio en el uso del mismo y empezaron a conducir automóviles, y a participar y competir con el hombre en las pruebas automovilísticas que se convocaban.





Las mujeres que intentaron manejar uno de aquellos automóviles de finales del siglo XIX y principios del XX  representaban un movimiento de liberación, un espíritu de modernidad y un total desacuerdo con los valores tradicionales. Hay que decir que la revolución del automóvil viene cuando la mujer empieza a conducir.


Entre aquellas pocas estaba nuestra veloz infractora, la duquesa de Uzés. Enviudó después de  10 años de matrimonio. A partir de entonces  fue una mujer independiente económicamente y socialmente y  dirigió su vida y sus hazañas a su antojo. Murió con 86 años.




Como no la quisieron admitir en aquel círculo cerrado de hombres que era el Automibile Club de France, fundó en 1926, salvando todos los obstáculos, el Automóvil Club de Francia de la Mujer y se convirtió en su presidenta.

Multimillonaria y aristócrata, fue una mujer un tanto peculiar. Practicó, además del automovilismo,  la cinegética, la música, la poesía, la literatura, la pintura y, en especial, la escultura. Llegó a ser la presidenta del Sindicato de Pintoras

En un momento de su larga vida, su activismo político lo volcó hacia la defensa del derecho al sufragio de la mujer. En la primera guerra mundial trabajó como enfermera.

Esta curiosa, activa y peculiar mujer fue la primera, junto con Camille du Gast  que consiguió obtener, allá por el año 1897,  un permiso equivalente a la licencia de conducir y fue también la primera mujer a la que denunciaron y le impusieron una multa por exceso de velocidad.


La prensa se hizo eco de tal suceso: La duquesa de Uzés ante el Juzgado. La inculparon de haber circulado a una velocidad “exagerada” por el bosque de Boloña con riesgo de producir un accidente. Por tal com`portamiento tuvo que comparecer ante el tribunal del juzgado presidido por señor Larroumès, juez de paz del distrito decimosexto de París. La comparencia fue el 17 de julio de 1898 y le fue impuesta una multa de 5 francos.

Aquella infracción estaba prevista en la ordenanza de 14 de agosto de 1893. Era como el Código de la Circulación. En su artículo 6 venia a decir:

La autorización (del automóvil) fijará el máximo de velocidad en Paris y en las afueras de París en función de la eficacia de su sistema de frenado. Este máximo no deberá exceder de 12 kilómetros por hora en Paris y en lugares habitados. Podrá circular a 20 kilometros por hora en campo abierto, pero este máximo no podrá admitirse nada más que en carreteras llanas, largas, con curvas poco pronunciadas y poco frecuentadas.  Estos máximos no podrán rebasarse nunca. Los conductores de vehículos deberán, ellos mismos, en cualquier momento reducir las velocidades de marcha por debajo de los máximos indicados cuando las circunstancias lo pidan.

En verdad, no sé como aquel diligente agente de tráfico, cumpliendo con su deber, consiguió saber que nuestra conductora circulaba a velocidad “exagerada”, es decir superando los 12 kilómetros por hora establecidos.

Quizá realizaba el servicio montado en su bicicleta y, llegado el momento, persiguió al vehículo a motor, lo alcanzo, lo detuvo y denunció a su conductora, o quizá, cuando el automóvil paso a su altura apuntó el numero de su matricula y con posterioridad cumplimento la correspondiente denuncia. Sea como fuere aquella mujer fue la primera conductora a la que sancionaron por exceder los 12 kilómetros por hora. 


miércoles, 17 de abril de 2019

QUE NO TE PILLEN CON EL TIMO DE LA MULTA DEL RADAR


Un correo electrónico, aparentemente oficial, puede dejar tu ordenador a merced de los hackers, por lo que has de tener mucho cuidado con aquellos correos de aviso de multa por radar. Son un timo y una estafa en toda regla.


En el susodicho correo te informan que, o bien a través de un enlace o descargando un archivo puedes ver la foto de tu coche con el que has cometido la infracción y todos los detalles de la sanción: día, hora, lugar y el importe de la misma.


Ojo, si pulsas  en el enlace ya estás perdido. Lo que se descargará será un archivo en tu ordenador que permitirá a los estafadores acceder a tus datos y contraseñas, incluidas las utilizadas para pagar con tarjetas y las de tus cuentas bancarias.

La Guardia Civil ha alertado de que ya hay centenares de conductores que han recibido la multa falsa a su correo electrónico. Por este motivo, recomiendan eliminar el mensaje y denunciar los hechos.


Ten en cuenta que la  DGT nunca notifica las multas por correo electrónico sino que lo hace a través de una carta certificada. Y ante la duda lo mejor que puedes hacer es consultar su sede electrónica.

¡Avisados quedáis!




martes, 9 de abril de 2019

¡Casi nos ahogamos en el Guadalimar!


A finales de la década de los cuarenta era un niño de casi siete  años que se bañaba, rio arriba, en Las Moreas, en el charco El Lobo o La Pantaleona, y rio abajo, en los Zarzalones o en La Central. Cualquier sitio era bueno para disfrutar en verano de nuestro rio.

Cualquier fotografía que veo del Puente, en especial las antiguas, esas que ya amarillean por el paso del tiempo, no es para mí una simple  y anodina imagen inmóvil, más o menos bonita, con más o menos luz, mejor o peor encuadrada, para mí es algo más. Es un acontecimiento retenido, catalogado, registrado  y archivado en mi memoria. Todas llevan, de una u otra manera, una carga anecdótica, emocional e interpretativa de mi niñez y de mi adolescencia, vividas en este bonito pueblo serrano.

El puenteño o puenteña que lea estas lineas, seguro que reconocerá  este tramo del río, ¿verdad?




En esa zona estuvimos a punto de perecer ahogados mi amigo Pepe, “El Cartero” (D.E.P.) y un servidor, Juan José, “Chelete”. Por aquellos años, en especial los chiquillos   teníamos un mote, un apodo, un alias: “Boliches”, “El Raspa”, “Farruco”, “Chimindoque”, ”El Divino”, “Joto”, “El pelotas”, “Matagatos”, “El sietequinientas”, “El canijo”, etc., etc. La mayoría de   motes nos lo poníamos unos a otros, y algunos los heredaban de sus progenitores. Los motes eran un síntoma de inventiva y buen humor. Inventiva para ponerlos y humor del bueno para aceptarlos. La verdad es que nunca corrió la sangre por descalabrar a alguien de una pedrada, al menos que yo recuerde, por un mote malintencionado. Quizá porque no los había.

Siempre que he retornado al Pueblo y he cruzado a pie el puente nuevo, me he detenido unos minutos a contemplar esa parte del río. He rememorado aquel episodio y he tenido un recuerdo para mi amigo de la infancia y de la adolescencia y, por supuesto, para  nuestro salvador, Fernando, “El municipal”.

No deberíamos tener más de 6 o 7 añitos. Era una calurosa tarde del mes de junio. Estábamos, mi amigo Pepe y yo, jugando en la puerta de mi casa, en la calle del Arroyo. Había venido para hacerme compañía y solidarizarse conmigo porque sabía que yo estaba castigado y no me dejaban salir de casa.

Su abuela, una gran mujer, vivía en la calle la Cruz, no muy lejos de mi casa. Éramos  muy buenos amigos. Yo iba a jugar con él a casa de sus padres, en el Ayuntamiento, o a casa de su abuela, o él venía a mi casa. Él era mejor que yo jugando a las bolas y yo mejor que él jugando al futbol.

Aquel día, por benevolencia de mi madre,  que me levantó el castigo, estábamos en la calle pero con la advertencia materna de no pasar de  la esquina de María Juana, ni de la de Zacarías; así mi madre podría controlarnos en cualquier momento que saliera a la puerta de casa.

Estábamos entretenidos en nuestras cosas, cuando aparecieron unos cuantos chiquillos de la calle la Cruz. Llevaban unas toscas cañas de pescar, de aquellas  que nosotros nos montábamos. Por supuesto, sin carrete ni otras mandangas; solo la caña, el sedal, que en ocasiones era un trozo de hilo bramante y un rudimentario anzuelo. De cebo, lombrices cogidas en alguna parte del Arroyo de Peñolite.

Nos invitaron a unirnos a ellos. No recuerdo si mi amigo me convenció o fui yo quien convenció a él, a pesar de que  el castigado era yo. Sea como fuere, el caso es que  el grupo  había aumentado en dos chiquillos más cuando llegó al río, mi amigo Pepe y yo.

Antes de ensartar, en el anzuelo,  la correspondiente lombriz, de las muchas que había en aquella lata, alguno de la cuadrilla aseguró que en la otra orilla había más peces y picaban más. Sin pensarlo decidimos cruzar por el lugar que no nos cubría ni por la rodillas, pero que la corriente no era de despreciar para unos “ñecos” como nosotros dos. El rio, en aquellos años bajaba con bastante más caudal del que suele traer en estos últimos tiempos.

En esa parte del río hay una risca, perfectamente visible desde el puente nuevo. Justo a su altura había una poza de de una profundidad considerable en comparación con nuestra corta estatura, pero, como acabo de decir, antes de la poza había un paso donde el agua no llegaba a  cubrir  nuestras rodillas. Y ese fue el paso elegido para vadear el río. Remangamos  nuestros  pantalones cortos y empezamos a cruzar, en fila, uno detrás del otro.

No recuerdo bien si fue Pepe el que resbaló, se agarró a mi y me arrastró corriente abajo, o fuí yo el que resbalé y lo arrastré a él conmigo. Los detalles a mis años quedan algo difusos.

Mientras nosotros dos  ya en la poza,  manoteábamos con las manos intentando salir de allí, la fuerte corriente  empujaba nuestros pequeños y débiles cuerpos y los remolinos del río los retenían. Éramos como dos corchos a merced del Guadalimar.

El resto de compañeros de aventuras, más bien desventuras en este caso, nos gritaban: ¡Mover los brazos con fuerza! ¡Nadar hacia abajo, que allí no cubre! ¡Más fuerte, Pepe! ¡Mas deprisa, Chelete!

Yo debí perder la conciencia, porque después de aquellos gritos, sólo recuerdo aquel  momento en que, tumbado en una cama, abrí los ojos y vi personas mayores, todas mirándome, como contemplando a un ser extraño. Y escuché aquellas palabras que quedaron grabadas para siempre en mi memoria: ¡Menos mal que los ha sacado Fernando, el municipal, que si no se ahogan los dos!

Se armó un gran revuelo de gente. Gente que desde el puente nuevo contemplaban la escena:
  ¿Qué ha pasado? — preguntaban algunos.
  Se han ahogado dos chiquillos —, decían otros.
  ¿Quiénes?
  El hijo del Ramón, el cartero y el de Raimundo, el talabartero, el que vive en la calle el Arroyo. Se han caído al río y casi se ahogan.
  ¿Pero se han ahogado o no?
  No, pero han estado a punto; menos mal que los ha sacado el municipal.

En el pueblo, como nunca o casi nunca pasaba nada, aquello fue  todo un acontecimiento y pronto lo supieron todos sus habitantes.
      
A mi amigo lo llevaron a su casa,  que estaba en el Ayuntamiento,  y a mí,  a casa de Rosa, la del Bar Nacional, que era sobrina de mi madre. Supongo que sería porque Gregorio, su marido, o bien ella estarían entre la gente que miraba desde el puente nuevo en el momento de sacarnos del  río.
      
El resto del año, sólo vi el Guadalimar desde el puente nuevo o el puente viejo cuando los andaba o desandaba. Estuve sometido a una estricta vigilancia y amenazado con terribles castigos, como el de no salir ni a la puerta de la calle durante meses.  Pero llegó el siguiente verano y yo continué visitando todos los charcos donde solíamos ir a bañarnos: los Zarzalones, las Riscas, el charco  el Lobo, la Pantaleona, la Central y algunos más.






¡Amigo Pepe, un fuerte abrazo allá donde estés!




domingo, 31 de marzo de 2019

UNA LUZ QUE PUEDE SALVAR VIDAS



…Será como un faro de emergencia.

Durante más  de cuarenta años, la formación de conductores y conductoras me ha ocupado y preocupado, y por ende la seguridad vial. Ya hace unos años que la formación no me ocupa, pero me sigue preocupando, aunque ya no pueda hacer nada. En cuanto a la seguridad vial, sí puedo hacer algo: divulgar todo aquello que pueda ser útil a los conductores para mejorar su seguridad y la de los demás.

Todo el que tiene un permiso de conducir sabe que el Reglamento General de Vehículos establece la obligación de llevar en el vehículo dos triángulos de preseñalización de peligro y un chaleco reflectante de alta visibilidad.



También sabe, o debe saber, que si inmovilizamos nuestro coche por avería o accidente  en la carretera o en la autopista, debemos colocar los triángulos. A 50 metros de distancia del vehículo,  uno por delante y otro por detrás para que sean visibles a 100 metros. En la autopista y en calzadas de un solo sentido, únicamente se colocará uno, por detrás.
Esta obligación no es un capricho del legislador, sino una medida preventiva para evitar un posible accidente. Nuestro vehículo detenido puede ser la causa, por eso hay que señalizarlo.

Pero ojo, antes de salir del coche debemos ponernos el chaleco. No debemos olvidar que desde el momento de abrir la puerta de nuestro coche ya estamos expuestos a un posible riesgo. Después nos alejamos del vehículo para colocar los triángulos y nos convertimos en vulnerables.

Según datos  de la Dirección General de Tráfico durante el pasado año, el 20 por ciento de fallecidos en autopista era peatones que caminaban por el asfalto, en muchos casos tratando de colocar el triángulo  para señalizar que su coche estaba detenido por una avería, o incluso al intentar prestar auxilio en algún accidente. El caso es que tener que salir del coche y caminar unos metros para colocar un triángulo puede resultar mortal. En países como  Reino Unido, Alemania e Italia, con buen criterio, está prohibido completamente que los conductores pongan un pie en la calzada o el arcén de las vías de alta velocidad. Consecuentemente los triángulos para este menester no existen.


Desde hace un tiempo, la Dirección General de Tráfico viene estudiando la manera de evitar este tipo de riesgo. Y parece haber dado con ella: acabar con los susodichos triángulos sustituyéndolos por una señal luminosa. La idea es que el conductor de un vehículo detenido por avería o accidente no tenga que salir del coche para indicar a los otros conductores que está siendo un obstáculo y como tal, un peligro.


 Se trata de un dispositivo que se coloca en el techo de nuestro coche sin necesidad siquiera de bajarse del mismo. Sería como un faro de emergencia, un dispositivo luminoso adherido circunstancialmente al coche al techo del vehículo para que avise de un incidente o emergencia en lugar de los actuales triángulos. El dispositivo ya ha sido inventado y bautizado como “HELP FLASH”.

Curiosamente la idea de este dispositivo es de dos guardias civiles de la Comandancia de Pontevedra que han dejado la Institución para aventurarse en el incierto mundo del emprendimiento.

El sistema ha sido homologado y se puede utilizar opcionalmente, pero, ojo, hay que seguir utilizando los triángulos hasta que se modifique la norma. Eso sí, siempre que no ponga en riesgo su vida por la intensidad del tráfico.



El funcionamiento del Help Flash es bastante sencillo. En el caso de una parada por avería o accidente del vehículo, basta con colocarlo sobre el techo del mismo. El artilugio entra en funcionamiento en cuanto entra en contacto con la chapa gracias a su sistema de activación magnética, de un modo similar al de las sirenas portátiles de las que disponen los vehículos policiales camuflados.

En el BOE se dice que "para ofrecer una mayor protección al conductor y al resto de los ocupantes del vehículo que esté parado en la vía por avería o accidente mientras esperan la llegada del servicio de auxilio en carretera, se permite la colocación en el exterior del vehículo de un dispositivo luminoso de color amarillo auto, de alimentación autónoma, alta visibilidad y que quede estable sobre una superficie plana. Se trata de admitir la utilización de un dispositivo de fácil manejo que solucione el problema de la falta de visibilidad real y efectiva del vehículo".
Este nuevo dispositivo luminoso se incluye en el anexo XI del Reglamento General de Vehículos, dentro de la señal V-16, dispositivo de preseñalización de peligro, como un elemento opcional, junto al ya existente triángulo de peligro, que sigue siendo obligatorio.

Es el paso previo a su implantación definitiva que, como se ha dicho, será una realidad en próximas fechas como sustituto de los famosos triángulos.

Creo que el “help flash” es  recomendable llevarlo entre el equipamiento de nuestro coche para poder utilizarlo. Su precio está sobre los 30 euros.  

viernes, 22 de marzo de 2019

PUENTE DE GÉNAVE, MI PUEBLO Y MI INFANCIA

(III)

A modo de dedicatoria y  en recuerdo y homenaje a todos aquellos chiquillos y chiquillas de los años cuarenta y parte de los cincuenta que, a pesar de las penurias de la posguerra, jugábamos alegres y despreocupados en las calles  de ese bonito y añorado pueblo llamado Puente de Génave. 

A ellos y ellas, digo, porque a la manera que sabían vadear el río Guadalimar por tantos sitios, también supieron vadear, ya hombres y mujeres, el río de la vida con rectitud, honradez y valentía.

Los momentos que dedico a evocar y escribir recuerdos de mi pueblo y de mi infancia son, para mí  momentos de emociones sentidas, de sinceras añoranzas y de visualizaciones inmateriales de rostros amigos. Que tengáis paz, allá donde os encontréis. Seguro que  vuestros descendientes estarán orgullosos de vosotros y vosotras. 





 Según el gran poeta Rainer María Rilke, la infancia es la verdadera patria del hombre (y de la mujer, hubiera dicho de haber vivido en estos tiempos).

Salvando las distancias, y a título personal, yo diría que la infancia es mi pueblo y mi pueblo, mi infancia. Los recuerdos de nuestra infancia no solo son una parte esencial e intrínseca de nuestra vida sino que han modelado nuestra personalidad.

Creo que los primeros años de la vida de un niño tienen importancia en la formación  del hombre que será mañana. Será por eso que alguien ha dicho que el niño es el padre del adulto.

Y vaya por delante,  no sea que alguien me trate de lo que no soy, que lo mismo pienso de la niña y la mujer.

No cabe la menor duda de que el tiempo de la infancia es el tiempo de la imaginación, de la ingenuidad, de lo autentico, de la verdad y de todo lo que de bueno pueda haber en un ser humano.

Recordar mi infancia es recordar mi pueblo, y recordar mi pueblo es como hacer un viaje al pasado, a mi infancia.

Puente de Génave es un bonito pueblo de la comarca de la Sierra de Segura. Una comarca con una histórica y terrible falta de infraestructuras viarias que dieron lugar a una peligrosa incomunicación y a un nefasto aislamiento de sus núcleos de población. Circunstancias, ambas,  muy sentidas y sufridas entre su población y a las que han culpado durante muchos años de la situación del atraso ancestral que ha caracterizado a esta peculiar zona de España.  



Puente de Génave es el último pueblo de la provincia de Jaén por el que se pasa siguiendo la carretera N-322, camino de aAlbacete.  Aquella carretera que fue proyectada como la de “Albacete a Jaén”.


Mi pueblo y mi infancia  son la calle del Arroyo, la calle La Cruz, la calle Las Parras, la calle Cantarranas, la calle San Isidro, Plaza de la Iglesia... Mi pueblo era el molino de aceite de la Plaza de la Iglesia, y mi infancia, el hoyo de aquel pan, amasado por mi madre en nuestra casa y cocido en el horno de la calle La Cruz, el de la Adolfina, la madre de mi amigo Luciano, “Joto”. 



Aquel hoyo de pan que, generosamente, nos rellenaban de aceite aquellos buenos molineros y que, camino de la escuela, ya dábamos buena cuenta del mismo.

A pesar de que éramos los niños de la posguerra, los niños de los años del hambre, los niños del peor periodo de la dictadura de Franco, creo, honradamente, que ninguno de nosotros fue víctima de la hambruna de aquellos años.



Mi pueblo es la Carretera, la “carretera general” como la llamábamos entonces; hoy es la Avenida de Andalucía. Mi pueblo es “aquelao” y “estelao”, el Cortijo las Ánimas y la Bolea, el rio Guadalimar, el Puente Viejo y el Puente Nuevo. Y las fuentes: la de la Plaza de la iglesia, con su pilón para abrevar las caballerías — parece ser que no hay constancia fotográfica de la misma —, la Fuente Vieja y las fuentes de la carretera, la de “estelao” y la de “aquelao”. Lástima que desaparecieran. 




Mi pueblo es “San Isidro”, su feria de ganado, sus tenderetes de turrón y sus golosinas que no podíamos comprar la mayoría de chiquillos. Es Semana Santa y el Nazareno y el “Emprendimiento”. 

Mi pueblo es aquella bóveda celeste que, de niños, contemplábamos, en las calurosas y oscuras noches de verano, tumbados en la parva de las eras de “Pedronares”, o sentados en los sifones.

Como la contaminación lumínica era una perfecta desconocida para nosotros, la bóveda celeste que veíamos se presentaba en todo su esplendor. Un fondo totalmente azul oscuro, troquelado con infinidad de puntitos rutilantes, aparentando un infinito rebaño de maravillosas  lucecitas   y  un extenso rastro lechoso, como un vellón blanquecino y ligero, peinado por el viento que lo empuja suavemente de Este a Oeste. Aquella bóveda, comparable a la bóveda de la capilla Sixtina, también formaba parte de mi pueblo y de mi infancia.

Un día un sabio lugareño nos dijo que aquel rastro lechoso era el Camino de Santiago. Nos contó que lo seguían los peregrinos que iban a visitar al apóstol para no perderse por el camino. Nosotros, niños de pueblo, ilusos, ingenuos y candorosos, nos lo creíamos. Con el paso del tiempo hemos descubierto que aquel hombre era menos sabio de lo que pensábamos.

Mi pueblo y mi infancia son el Charco el Lobo y la Pantaleona, el Zurrión, los Zarzalones y la Central. La Terrera y la Vicaría, la de abajo y la de arriba. Son la Iglesia y el sonido inconfundible de sus campanas, el de la “campanagrande” y de la campanachica”, cuando las volteábamos o cuando tacaban a muerto. Mi pueblo y mi infancia eran Los Sifones y la Fuente Vieja.

Mi pueblo era el cine “Mari-Paz”. ¡Ah, qué cine aquel! Con su patio de butacas, su anfiteatro y su gallinero. En verano te asabas de calor y en invierno de pelabas de frío. Recuerdo aquella estufa, alimentada con leña de oliva. Colocada junto a la pared, al lado derecho, a la altura de la primera fila de butacas, con un larguísimo tubo para evacuar el humo al exterior. Cuando la proyección de la película se interrumpía, cosa bastante frecuente por las deficiencias del fluido eléctrico, los chiquillos saltábamos raudos de la butaca, o bajábamos veloces del “gallinero” con el “pompi” más frio que las barras de hielo que fabricaba Paco, el padre de nuestro entrañable Gabriel,  para situarnos estratégicamente cerca de aquella típica fuente de calor y poder calentar nuestros menudos cuerpecillos.




En las películas del Oeste, aplaudíamos con fervor a los  buenos y silbábamos y abucheábamos al malo. Se oía un significativo rumor cuando el galán de turno hacia un intento de besar a su dama, beso que nunca se llegaba a consumar porque, casualmente, se cortaba la proyección, y seguía unos minutos más tarde con otra escena, que nada tenía que ver con la anterior. Entonces se producían algunos tímidos silbidos y abucheos.

Una de las películas que llegué a ver de niño en el cine Pari-Paz fue “Marianela”. Nunca supe por qué, pero me impacto lo suficiente para guardar de ella un grato recuerdo.

Mi madre se pasó la película entera sollozando. Pero yo creo que fueron todas las mujeres que aquella noche vieron “Marianela”. Las lágrimas de mi madre no eran de dolor, como en otras ocasiones, eran de emoción. La emoción y los sentimientos que despertaba la joven Nela, huérfana, pobre, feucha y hasta algo deforme. Un personaje único aquella Nela. Sus problemas  pronto despertaron la empatía de todos los espectadores, hombres y mujeres,  chiquillos y chiquillas.

Aún hoy digo, desconozco los motivos, pero aquella película dejó huella en mi pequeño y sensible corazón. Con los años supe que estaba  basada en la novela homónima de Benito Pérez Galdós. Y me faltó tiempo para comprarla y leerla.

Entre los recuerdos de mi infancia siempre ha habido un hueco para mis maestros, y aquellas escuelas de viejos pupitres, grandes pizarras colgadas en la pared y tinteros donde mojar aquellas plumillas. Curiosamente recuerdo tinteros, tinta y plumilla, pero no recuerdo bolígrafo alguno.

Mi pueblo también eran aquellas escuelas  y mi infancia también fueron mis maestros. Todos los chiquillos de aquellos años pasamos, bien por la escuela de D. Ernesto Ramírez, en la Carretera, o de D. Pedro Garcia Bellón, el Cura, en la calle San Isidro, o por la de Don Antonio Campallo, en la calle La Cruz. Algunos, como fue mi caso, pasamos también por la de D. Ernesto y después por la de D.Pedro. Y las chiquillas, por las de las maestras de aquellos años. Guardo en especial recuerdo por Doña Ramona, la maestra de la escuela de la calle San Isidro, a la que fue mi hermana Amparo.





Un magisterio inolvidable y con ganas de instruir para la vida, aunque los métodos de algunos maestros, propios de la época, hoy serían no cuestionados sino prohibidos. Sin embargo para muchos de nosotros aquella instrucción nos sirvió de mucho, como mínimo de base para, sin medios económicos, luchar para forjarnos un futuro que nos diera de comer a nosotros y a nuestros hijos. Aquella instrucción, aquella formación, aquel aprendizaje que nos dieron fue para mí y muchos de mis colegas de infancia la única herencia recibida.

Hoy, por lo que leo, oigo y veo, la enseñanza ha quedado relegada al plano de afectivo, lo emocional, los sentimientos. Mientras que la enseñanza en los primeros años de escuela para los niños de mi generación era el aprendizaje de la lectura y escritura, hoy la enseñanza se ha convertido en una forma de entretenimiento, de la ausencia de esfuerzo, como si las cosas para la vida cayeran del cielo y no hubiera que ganárselas.




Todo esto que vengo contando y más era mi pueblo y mi infancia. Aunque mi pueblo, el de ahora, el del siglo XXI, para aquellos que no lo hayan visitado, diré que ya no es el mismo pueblo. Gracias a la buena labor del que fue su alcalde, David Avilés, ahora hay un pueblo nuevo, un “Nuevo Puente”, más moderno, más acorde con los actuales tiempos. Con un hospital comarcal, con casas de nueva construcción, con un gran paseo, el Paseo de la Vicaría, con una rotonda,  porque  un pueblo que se precie de serlo ha de tener su rotonda, de lo contrario, parece menos pueblo.  En la rotonda hay una fuente  con escultura incluida. También tiene su ecoparque donde  se ha reproducido el hábitat  del conejo de campo, con un majano y un abrevadero que sirve también como estanque para anfibios y peces. Como un pueblo, ya del siglo XXI, tiene un espacio cultural y de oleoturismo en la antigua almazara de la Vicaria, la de abajo como la conocíamos de niño. Sus visitantes puede contemplar bonitas esculturas distribuidas por distintas ubicaciones, su museo al aire libre. Tampoco falta un parque infantil, un cuidado césped y unos bonitos árboles y al lado del mismo un monolito, con el nombre de todos sus habitantes del año de su construcción, el año 2000. En él, aparece el mío. Es un orgullo ser de Puente de Génave