sábado, 27 de febrero de 2021

¿ABRES CON SEGURIDAD LA PUERTA PARA SALIR DEL COCHE?

 

La anticipación y la prevención son dos máximas importantes de la seguridad a la hora de conducir un vehículo. No solo en movimiento, sino, a veces, también detenido.

 Aparcar el coche y salir del mismo sin tomar las debidas precauciones puede ser la causa de un accidente grave. Es algo que saben muy bien los ciclistas, que en numerosas ocasiones sufren las consecuencias  de estos actos. 


Algunos de los accidente o, cuando menos, incidentes más frecuentes que acechan a los ciclistas y motoristas tienen lugar cuando un conductor o conductora abre la puerta del coche para salir del mismo. O en el caso de algún ocupante del asiento trasero que se baja por el lado de la calzada. Yo mismo, hace años, fui testigo de un accidente motivado por el pasajero de un taxi que quiso salir por el lado de la calzada. Abrió la puerta y en ese mismo momento venía una moto que, literalmente, se “estampó” contra la puerta. Para el conductor de una moto pequeña (Menos de 125 cc) no era aún obligatorio en España el uso del casco en vías urbanas. Ni el chico que conducía ni la persona que viajaba con él lo llevaban.



Para evitar accidentes como éste que les cuento, los conductores y pasajeros deberían  acostumbrase a abrir la puerta del vehículo a la holandesa. Una técnica desconocida para muchos que, sin embargo, ayuda a salvar vidas.

 En Holanda, esta forma de abrir la puerta del coche no es sólo un consejo para los conductores, sino una práctica extendida que se transmite desde el momento en que una persona acude a la autoescuela para aprender a conducir. También se enseña en las escuelas en Educación Vial. Los niños holandeses lo aprenden en las escuelas, y de sus padres.

 Abrir a la holandesa consiste en abrir la puerta con la mano que se encuentra más alejada de la puerta. En caso de querer abrir la puerta izquierda del vehículo (la del conductor), debe hacerse con el brazo derecho. Quizá sea más incomodo, pero más seguro.



De esta manera, el conductor o el ocupante del vehículo se fuerza a sí mismo a girar el tronco y el cuello, consiguiendo de esta forma que su vista se dirija detrás del coche, por encima de su hombro, para comprobar si la apertura de la puerta dificulta el paso de otros vehículos.


Adquirir este hábito también ayuda a impedir que un coche arrolle al pasajero al salir del vehículo. Para las plazas traseras es aún más importante porque sus ocupantes no cuentan con retrovisores por los que mirar.

 Muchos de los automóviles que se matriculan en la actualidad entre sus ADAS (ayudas a la conducción) instalan algun sistema  para evitar el riesgo de accidente por apertura de puerta. Ford instala Exit Warning (advertencia de salida) capaz de prever una amenaza próxima al comenzar a abrir la puerta, y en ese momento emite un sonido para alertar al conductor y enciende un aro de luces rojas LED en el retrovisor exterior para que el ciclista lo vea y pueda detenerse a tiempo.





No podemos echar al olvido que en 2019 hubo en España un total de 111.435 infracciones de apertura de puerta en vías urbanas de conductores implicados en accidentes.






domingo, 7 de febrero de 2021

ANTONIO GALA Y EL PERMISO DE CONDUCIR

 

No es mucha la literatura que se puede encontrar sobre autoescuelas o academias de  chauffeurs, de conducir o de automovilismo  como las llamaban antes, y menos de escritores de renombre. Sin embargo, yo sé de dos: Uno, Wenceslao Fernández Flores (La Coruña, 1885-Madrid, 1964) y el otro, Antonio Gala (Brazatortas, Ciudad Real, 1930).


No es que hayan escrito sobre ellas, sino que, de pasada, en alguna de sus obras aluden a las mismas.

Antonio Gala, manchego de nacimiento, andaluz por adopción, y con un gran amor por esta, nuestra tierra como él mismo lo atestigua en su Tronera:   "Córdoba es mi madre; Sevilla, fue y sigue siendo mi novia; Granada, mi amante"; "Málaga, mi enfermera”, es decir, lo que hoy más necesito...".

A sus noventa años, ya cumplidos, es una leyenda, con su epitafio ya escrito: “Murió vivo”. Con cinco años escribió su primer cuento, a los siete pergeñó una obra teatral, y a los catorce ya era conferenciante en el Círculo de la Amistad de Córdoba. A lo largo de su dilatada trayectoria ha acumulado más de cuatrocientos títulos, fruto, sin lugar a dudas, de su legendaria incontinencia literaria.

Entre sus libros hay uno que ocupa un lugar preferente en mi menguada biblioteca: “Ahora hablaré de mi” (Editorial Planeta 2000).

Antonio Gala, con este libro y según él, ha querido saldar una cuenta pendiente con sus lectores. Es una obra que le ha permitido hablar "en primera persona, sin coturnos, descalzo", con aquellos y aquellas que lo han situado como el escritor vivo más leído de España.

Según Gala, no es una obra autobiográfica en sentido estricto,  sino más bien "una vaga colección de recuerdos y de anécdotas" estructurada en 24 capítulos, y que se pueden leer de forma libre, que es a la vez la forma como el autor concibe su andadura por la vida.

El capitulo uno de los veinticuatro que tiene la obra lo titula: El automóvil y yo. En él relata de este modoí su paso por una autoescuela madrileña:

Había una autoescuela en la esquina de Serrano con General Mola. Su nombre era El Moderno, que me parecía  de lo mas seductor, por lo cual ingresé en ella repleto de renovada esperanza. Digo esto porque mi primera esperanza automóvil había sufrido un gran revés a los siete años (…).



El revés al que alude Antonio Gala estaba causado por una bicicleta que le   habían regalado y sus pocas dotes para montar en ella.

Entré en la autoescuela El Moderno con ánimo resuelto y pisando todo lo fuerte que podía y que me consentían sus antiguas y sonoras baldosas. El dueño se llamaba don Santiago, y yo era un escritor de teatro (odio las palabras dramaturgo y comediógrafo: ignoro cúal es mas desastrosa) que había tenido un éxito sonado, Los verdes campos del Edén. Don Santiago había visto la pieza, y no ocultó en principio su predilección por mi Me designó sucesivamente tres profesores. Hacían  todo lo que estaba a su alcance; pero yo no progresaba. Me llevaban a lugares lejanos y solitarios, a urbanizaciones con solo las calles terminadas. Me decían, por ejemplo:

- Desembrague usted.

Yo, que no tenia ni idea, me defendía a mí manera:

- ¿Desembragar? ¿Delante de usted? De ninguna manera. Ni que lo sueñe...

Y otras cosas por el estilo, que les hacían reír. Así que regresábamos a la autoescuela con una amistad nueva y con las carrocerías arañadas.

Transcurrió una semana larga antes de que don Santiago me dijera:

- Don Antonio, tendré mucho gusto en invitarlo a una copa en el bar de la esquina de enfrente.

- Y yo tendré mucho gusto en aceptarla, don Santiago.

La conversación, salvo que parecíamos dos personajes de Azorín, transitaba con bastante equilibrio. Hasta que don Santiago de repente se soltó:

- Nos gustarla, a mí y al resto de la plantilla, que usted se quedara con nosotros toda la vida, don Antonio. Es usted muy simpático y escribe usted muy bien. En el peor de los casos, don Antonio, podía usted ser un reclamo para nuestra autoescuela.

- Con mil amores, don Santiago. Pero ¿toda la vida...?

- Es que usted, don Antonio, no aprenderá nunca a conducir.

- ¿Nunca, don Santiago? Se trata de una dura palabra.

- Nunca jamás, que es peor.

- Pero los ejercicios teóricos -yo me defendí- los aprobaría esta misma tarde

- Es a los prácticos a los que me refiero. Y lo malo no es que usted no aprenda a conducir de ninguna manera, sino que se les está olvidando a los profesores.

No puedo expresar la tristeza que me produjo aquel ominoso vaticinio (…).

 

Pronto me aconsejó alguien que levantara la moral y cambiara de autoescuela. Fui a una de Manuela Malasaña. EI dueño era un militar o lo había sido. Me aseguró que ellos estaban especializados en intelectuales cretinos y en gente desechada por otras autoescuelas.

- La competencia nunca tiene razón.

Fue la última frase de su arenga. Solo cuatro días después me llamo al zaquizamí donde tenía su despacho y me advirtió en voz baja:

- Por primera vez la competencia, en su caso, tiene razón, señor Gala. No puedo tolerar que usted gaste dinero en una actividad  de la que no va a obtener fruto ninguno.

Aun ignoro si el militar creyó que me iba a dedicar al taxi.

Pero el único consuelo que me quedó fue enterarme, algo más tarde, de que su institución es la que daba el promedio de accidentes más alto de todo Madrid.

 

Pocos días después, Antonio Gala le confiesa a un amigo su reiterado fracaso mecánico y este le dice:     

-Si no tienes miedo, yo me comprometo a enseñarte. No tengas cuidado.

Gala describe así esta experiencia:

Una mañana subimos en el coche (…). Me llevó,  desde Cea Bermúdez, a la Universitaria, e hizo toda clase de tropelías: adquiría una velocidad tremenda, frenaba de golpe a unos pocos centímetros de un muro, imprimía giros repentinos e inverosímiles.

Aceleraba sobre los badenes para que yo me diese con la cabeza en el techo...

-Está bien. Miedo, desde luego, no tienes. Te enseñaré (…).

Se buscó un todoterreno muy alto, que entonces estaba muy de moda y que era como un púlpito (…).

Decidió darme las lecciones en los antiguos Altos del Hipódromo. Desde La Castellana íbamos a subir por Vitruvio, dejando a la derecha el Museo de Ciencias, y no lejos, el monumento, o lo que sea, a Isabel la Católica. Allí me entregó los trastes de la alternativa. Me acomodé y me consideré en mi debido sitio. A sus órdenes, puse el coche en marcha.

- Acelera -me gritó de repente.

Yo no había tenido con aquel aparato ni un si ni un no. Sabia cual era el papel de cada pedal. Pise el que correspondía, a fondo.

Aquel monstruo, indiferente a mi intención bien manifiesta, dio un salto tremendo y vengativo, y se echó marcha atrás a descender la cuesta de Vitruvio a toda pastilla. Después giró, y fue a dar, rompiendo o torciendo o saltando, qué sé yo, la barandilla del monumento, al lago que rodea la estólida estatua de doña Isabel. Se inmovilizó en una postura indecible: las dos ruedas traseras dentro del agua y, casi en vertical, apoyadas las delanteras en el borde del estanque (…).

Así acabó mi aventura personal. Ocasionó que mis amigos me llamaran Fangio, que me llamaran Fittipaldi, que me llamaran Niki Lauda, (…)

Nunca - nunca jamás como aseguraba don Santiago - volví a sentarme, ni en broma, ante un volante. No obstante, no he cesado de preferir los amigos con coche y los viajes en él. Y no me ha afligido, a pesar de que en ocasiones he viajado con gente que conduce peor que yo, (…).




domingo, 20 de diciembre de 2020

¿HE DE LLEVAR EL RECIBO DEL SEGURO EN EL COCHE?

 

Todos los que tenemos coche, también tenemos la obligación de suscribir, es decir, contratar un seguro que bien puede ser a terceros, y que podemos ir ampliando las coberturas hasta llegar a lo que conocemos “a  todo riesgo”.

Hace unos años, junto con la documentación del coche — Permiso de Circulación y Ficha Tecnica —, llevábamos la póliza del Seguro y el recibo de haberlo pagado. Todo muy juntito lo portábamos en la guantera del vehículo por si nos paraba la Guardia Civil y nos requería la documentación del vehículo o por si teníamos algún percance y había que hacer un parte. Era obligación no solo acreditar nuestra identidad y la del vehículo sino que también era obligado acreditar que disponíamos del  seguro y que  estaba en vigor, es decir pagado. En caso de no tenerlo o no haberlo renovado en fecha, la sanción era inapelable.



Para asegurarse de que todos los coches cumplen con esta obligación, en 1996 se puso en marcha el Fichero FIVA, siglas de Fichero Informativo de Vehículos Asegurados. El Consorcio de Compensaciones de Seguros es el encargado de gestionar este fichero, que tiene una doble finalidad: además de asegurarse de que se cumple con los seguros obligatorios, ofrece información a los accidentados. Otra ventaja del fichero es que los agentes que nos paren pueden consultar el susodicho fichero y saber si nuestro seguro está en vigor.

 En consecuencia desde que existe este fichero, podemos contestar que “no”  a la pregunta que encabeza  este escrito. Pe las nuevas tecnologías también fallan y si los agentes de tráfico, por la razón que sea, no pueden acceder al Registro de Vehículos Asegurados, te  solicitarán el documento y si no lo llevas, no te multarsan, pero sí debes demostrar a posteriori, y con las consabidas molestias que acarrean estos trámites, que el seguro del vehículo estaba contratado y pagado. Es decir, si llevamos este documento en la guantera, nos ahorraremos los farragosos  trámites administrativos. Y si te sucede, y por lo que fuere, en los cinco días que dan de plazo no lo solucionas, te sancionarán  de acuerdo a lo establecido en el Reglamento del Seguro Obligatorio de Responsabilidad Civil.

La sanción por no tener contratado y pagado el Seguro Obligatorio oscila entre los 600 y los 3000 euros. No lo olvides.

 


jueves, 3 de diciembre de 2020

VELOCIDAD…LA CORRECTA

 No hace mucho tiempo que he leído un artículo publicado en 1914 en La Vanguardia. Su título: ¡Esos automóviles!. Creo que el título debería haber sido, ¡Esos automovilistas!

 Aunque en aquellos años eran pocos los automóviles que circulaban por las calles de cualquier ciudad, los que había circulaban a su antojo por la falta de normativa.

Sólo transcribiré algunos párrafos del susodicho artículo que nos darán una idea de lo que era la circulación y la velocidad  en aquellos años comparada con la de nuestra época.

Lo que los automóviles llaman marcha moderada, es realmente todavía muy excesiva para sitios habitados, y la única que se les debiera permitir es aquella que les permita parar a tiempo para no atropellar, en ningún caso, al infeliz que tenga la  mala ocurrencia de ponérseles delante. ¡O es que los ciudadanos tenemos la obligación de no pensar más que en los automóviles!

 

En una palabra, para terminar, los legisladores, a fin de desarraigar el mal existente y evitar en lo sucesivo otros mucho mayores, que vendrán, si no se pone el remedio a tiempo, deberían orientarse, para legislar, hacia un criterio por el cual el automovilista, por su propio interés, se viese obligado a evitar los accidentes a  todo trance, viéndose encerrado en el dilema de ir más despacio o ser arruinado a fuerza de multas e indemnizaciones

verdaderamente importantes. Ese sería, a mi ver, el único remedio eficaz.

 

El límite de velocidad por aquel entonces era de 28 kilómetros por hora pero sólo si era en terreno llano y despoblado. En las travesías de los pueblos se reducirá, por regla general, al máximo de 12 kilómetros por hora.

 

La mayoría de los conductores recordamos, de nuestro paso por la autoescuela, algunas velocidades máximas como los 50 km/h en poblado (pronto será a 30 km/h)  o los 120 km/h en autopista. Sin embargo, en ocasiones, dudamos sobre la velocidad permitida, especialmente cuando no vemos señal alguna. ¿Cómo saber entonces a qué velocidad máxima podemos circular?

El Reglamento de Tráfico, en su artículo 48, recoge dos tipos de velocidades máximas:

·  la velocidad máxima genérica, dada por la vía y sus características, así como por el tipo de vehículo. No tiene por qué ir señalizada;

·  la velocidad específica máxima, siempre señalizada, no depende del tipo de vehículo ni del tipo de vía.

¿A qué velocidad puedo circular por una carretera convencional en la que no hay señal de limitación de velocidad? En este gráfico tiene la respuesta:



Se ha de tener en cuenta que la última reforma suprime la posibilidad de que turismos y motocicletas puedan rebasar en 20 km/h los límites de velocidad en las carreteras convencionales cuando adelanten a otros vehículos. 



Aparte del riesgo físico que conlleva el conducir a velocidad excesiva, he aquí otros que nos pueden, cuando menos, amargar el día y menguar nuestra economía.


En 1900 se aprobó el “Reglamento para el Servicio de Coches Automóviles por las Carreteras del Estado”. Fue el 17 de septiembre. Se puede decir que se considera como nuestra primera norma general dictada para regular el fenómeno del tráfico. El susodicho Reglamento limitaba la velocidad de circulación a 28 Km/h en carretera y 15 km/h en ciudad. De entonces acá, las autoridades no han dejado de legislar sobre los límites de velocidad, y muchos conductores de todas las generaciones no han  desistido de sobrepasar cualquier límite que le han impuesto y así hemos tenido el número de accidentes cuya causa principal ha sido el exceso de velocidad.


lunes, 23 de noviembre de 2020

¡OJO CON EL MÓVIL, TE PUEDE COSTAR CARO!

 En este mes de noviembre el Gobierno  ha aprobado un paquete de reformas legales que, en su conjunto, modifican de manera sustancial la legislación en materia de tráfico y circulación.

 El objetivo de estos cambios legislativos es generar un nuevo modelo de seguridad vial alineado con la política de la Unión Europea y las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para reducir, durante la próxima década, un 50 por ciento el número de fallecidos y heridos graves en accidentes de tráfico.

 El año pasado perdieron la vida en accidentes de tráfico 1.755 personas, según la Dirección General de Tráfico. Esta cifra incluye las personas fallecidas en vías interurbanas y urbanas durante los 30 días posteriores a la ocurrencia del accidente.


Las modificaciones afectan al Reglamento General de vehículos,  al de Circulación y  al de Conductores. Su objetivo inmediato es aumentar los comportamientos seguros al volante para lo que incluye, entre otras, las siguientes medidas:

  La reforma suprime la posibilidad de que turismos y motocicletas puedan rebasar en 20 km/h los límites de velocidad en las carreteras convencionales cuando adelanten a otros vehículos. La supresión de esta medida, que ya había sido eliminada en el resto de países de la Unión Europea, refuerza el mensaje de que la maniobra de adelantamiento conlleva un riesgo de colisión frontal.

  Modifica la velocidad en las ciudades: 30 km/h en vías de un único carril por sentido de circulación, 50 km/h en vías de 2 o más carriles por sentido, y 20km/h en vías que dispongan de plataforma única de calzada.

 Estos límites no se aplicarán hasta pasados seis meses de la publicación de este proyecto en el Boletín Oficial del Estado, para que los ciudadanos los conozcan de forma adecuada y para que las administraciones públicas dispongan de un plazo suficiente para adaptar la señalización.


En todo lo relacionado con el permiso y la licencia de conducción por puntos eleva de 3 a 6 los que se restarán por conducir sujetando con la mano un móvil y de 3 a 4 no hacer uso del cinturón de seguridad, casco o sistema de retención infantil.

  Introduce la posibilidad de recuperar 2 puntos del carné por la realización de los cursos de conducción segura certificados por la Dirección General de Tráfico. Una orden ministerial desarrollará los requisitos necesarios y las condiciones que deben cumplir.

 

La reforma unifica en dos años el plazo que habrá de transcurrir sin cometer infracciones para recuperar el saldo inicial de puntos, periodo que ahora varía  en función de la gravedad de la infracción cometida.

  Eleva de tres a cuatro los puntos que se detraen por no utilizar el cinturón de seguridad, los sistemas de retención infantil, el casco y otros elementos de protección. Además, incorpora  explícitamente como causa de sanción el mal uso de estos elementos (por ejemplo, llevar el casco de protección o el cinturón de seguridad sin abrochar) porque las consecuencias negativas para la seguridad del conductor son las mismas.

  Tipifica como infracción grave “llevar en el vehículo” mecanismos de detección de radares o cinemómetros, lo que supondrá la sanción de 200 euros y la pérdida de tres puntos. En la actualidad solo está sancionado el uso de dichos dispositivos durante la conducción, pero la experiencia ha demostrado que, ante un control vial, los conductores los desactivan para impedir que los agentes de Tráfico puedan acreditar su utilización, por lo que una vez aprobada la reforma se sancionará su mera tenencia.


  Define los vehículos de movilidad personal como:

 * Vehículos de una o más ruedas dotados de una única plaza y propulsados exclusivamente por motores eléctricos que pueden proporcionar al vehículo una velocidad máxima comprendida entre 6 y 25 km/h (patinetes). Esta definición, que excluye a los vehículos para personas con movilidad reducida, conlleva que queda prohibida su circulación por las aceras y por las zonas peatonales.

 * Tendrán que cumplir las normas de circulación como el resto de vehículos y prohíbe su circulación por vías interurbanas, travesías, túneles urbanos y autovías y/o autopistas que transcurran dentro de poblado y deberán disponer de un certificado de circulación  (Este certificado será de aplicación a los veinticuatro meses de la publicación del manual de características de los vehículos de movilidad personal en el “Boletín Oficial del Estado).

Define los vehículos de movilidad personal como:

 * Vehículos de una o más ruedas dotados de una única plaza y propulsados exclusivamente por motores eléctricos que pueden proporcionar al vehículo una velocidad máxima comprendida entre 6 y 25 km/h (patinetes).

 Esta definición, que excluye a los vehículos para personas con movilidad reducida, conlleva que queda prohibida su circulación por las aceras y por las zonas peatonales.

 * Tendrán que cumplir las normas de circulación como el resto de vehículos y prohíbe su circulación por vías interurbanas, travesías, túneles urbanos y autovías y/o autopistas que transcurran dentro de poblado y deberán disponer de un certificado de circulación  (Este certificado será de aplicación a los veinticuatro meses de la publicación del manual de características de los vehículos de movilidad personal en el “Boletín Oficial del Estado).


Incluye una nueva infracción muy grave, cometer fraude en los exámenes de conducir utilizando dispositivos de intercomunicación no autorizados. La sanción será de 500 euros y penalización de 6 meses sin poder presentarse al examen.





 






lunes, 9 de noviembre de 2020

NUESTROS DIFUNTOS

 

El pasado 2 de noviembre fue día de los fieles difuntos y rendimos homenaje a nuestros muertos. Unos desde la cercanía, visitando  sus tumbas. Otros, desde la distancia, teniendo un recuerdo para ellos y quizá una plegaria. Pero unos y otros rindiendo un sentido homenaje a su memoria y a su paso por esta vida. 

Todos tenemos nuestros muertos. Me cuesta creer que, al menos estos días, pueda haber gente que no tenga un breve recuerdo para los suyos.


Para los católicos, esta festividad  tiene su base en la creencia de una vida eterna. Noviembre se convierte en el mes de las ánimas, período propicio para rezar por la de los allegados que se fueron, y reflexionar sobre el dogma cristiano de la resurrección de los muertos. Para los no creyentes, visitar los cementerios y llevar flores a su tumba. Y para el resto, celebrar Halloween, esa absurda fiesta importada que nada tiene que ver con nuestra cultura.


En estas fechas no puedo por menos que  acordarme de dos insignes poetas: uno más próximo en el tiempo, D. Antonio Machado, siglo XX, andaluz y sevillano, y otro, más próximo en el espacio, D. Jorge Manrique, serrano de Segura de la Sierra.

D. Antonio Machado, parafraseando al gran filósofo griego Epicuro, nos dejó dicho: La muerte es algo que no debemos temer, porque, mientras somos,  la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.

“Daba el reloj las doce” es uno de los poemas de Machado. La muerte es el tema principal, y el paso del tiempo, el subordinado.

No habrá un momento de encuentro entre una persona y su muerte, ambos se esquivan como si estuvieran jugando al escondite.

Daba el reloj las doce… y eran doce
golpes de azada en tierra… 
- ¡Mi hora! ...-grité. El silencio
me respondió:-No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla…

El paso del tiempo es uno de los temas de este poema, aunque supeditado al tema principal, el de la muerte. El poeta presiente su proximidad y la conciencia de su llegada es tan estentórea  y clara que provoca que las campanadas del reloj se convierten en redoble funeral.


Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 En cuanto a Jorge Manrique, mi admirado poeta desde que en el bachillerato elemental estudié aquella asignatura llamada “Lengua y Literatura”. Por aquellos años yo creía que era palentino. Mis libros y mis profesores así lo decían, pero gracias a otros insignes serranos, hoy sabemos que es de ese bonito pueblo que es Segura de la Sierra.



Aprendí de memoria algunas estrofas de su poema Coplas a la muerte de su padre. Son versos  para reflexionar sobre la caducidad del tiempo, lo fugaz y fragilidad de la materia, y el recuerdo de su padre muerto. En este memorable poema, Jorge Manrique nos invita a que  el recuerdo de quienes nos quisieron perdure en nosotros. Alguien ha dicho que la memoria de los vivos prolonga la vida de los muertos.

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

La obra plantea la vida como un camino o un río que avanza con el paso inexorable del tiempo. Habla de la existencia mediante la vida, la fama y la eternidad. Son coplas de reflexión muy adecuadas a estos días pasados de difuntos. Habla de lo rápido que pasa todo aquello que consideramos bueno, y que antes de que te des cuenta, has llegado a la vejez, y  ya solo queda esperar la muerte.

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

 

En este prodigio de las letras del siglo XV, nuestro ilustre segureño nos invita a reflexionar, además de lo fugaz de esta vida, sobre una segunda vida. Su madre, como buena cristiana, educó a su hijo  en la creencia de otra después de muerto.

Esa otra vida que vivimos tras la terrenal y de la que nos habla el poeta segureño, consiste en perdurar el recuerdo de aquellos que nos quisieron. Alguien ha dicho que la memoria de los vivos prolonga la vida de los muertos.

En estos días de difuntos, y a pesar de la pandemia, los cementerios han estado concurridos. Las tumbas se han visto adornadas con los colores  y el verdor de las plantas. Las familias han hablado en silencio con sus seres queridos y algunos hasta se  hayan parado ante la tumba de algún vecino o hayan depositado alguna flor ante la lápida de algún nicho con apariencia de abandono, o hayan  hecho un recorrido leyendo epitafios que los hay con mucha enjundia. No son otra cosa que actos con la intención de humanizar la muerte, de acercarnos a los que se fueron, de hacerles saber que los hemos querido y que les reservamos un rinconcito en nuestras vidas.






Por estas fechas, recuerdo además de mis dos poeta favoritos, el toque de ánimas  o de difuntos que tenía lugar en en nuestro pueblo en la noche del 1 al 2 de noviembre. Más de un año,  los monaguillos y otros que no lo eran pasábamos la noche entera tocando a difuntos. Del toque de ánimas como se le llamaba aquel doblar de campanas y de las visitas al camposanto hemos pasado a Halloween. Y poco a poco vamos olvidando nuestra tradición.La noche de los difuntos no es un festival de disfraces, al cual más absurdo. Y tampoco es un maratón de devorar golosinas. Es, sencillamente, una fiesta para honrar a nuestros muertos.